sábado, 28 de marzo de 2015

Violación y Relaciones de poder III: Conclusiones y mirada hacia un futuro de prevención

Nota del autor: Las conclusiones presentadas a continuación se derivan de un breve análisis del discurso en tres testimonios de víctimas de violación, para un mayor acercamiento al método y análisis de los testimonios, ponerse en contacto con la autora. 


La cultura mexicana en la actualidad responsabiliza a las mujeres de los actos cometidos por los hombres hacia ellas, haciéndose evidente la relación de poder en cualquier nivel del abuso sexual. Existen víctimas con mayor riesgo de sufrir violencia, como las mujeres jóvenes, aisladas socialmente, dependientes económica y emocionalmente de sus parejas desde edades tempranas o las mujeres consumidoras de drogas o frecuentadoras de ambientes marginales, con antecedentes de maltrato. . Existen situaciones específicas, como la ruptura reciente de pareja protagonizada por la mujer o las condiciones de un divorcio conflictivo en relación con el régimen económico o la custodia y el régimen de visitas de los hijos, que propician la aparición de conductas violentas. Sin embargo  estos no son los únicos factores determinantes para que una mujer tenga mayor probabilidad de ser víctima, es necesario que se conjunten varios factores, como características personales o de su rutina de vida,. Desde esta perspectiva, el único responsable de las conductas violentas hacia la mujer, es  el agresor (Echeburúa, 2010:135). 

Actualmente las prácticas jurídico-penales se encuentran  orientadas a la denuncia, al aislamiento y en último término, al encarcelamiento masivo y prolongado de maltratadores y violadores. Esto refleja que los modelos actuales de prevención, tienen se fundamenta en  el control de los fenómenos delictivos. Los autores consideran que dichas estrategias punitivistas resultan poco realistas e ineficaces. Pues pese al empleo intensivo de estas estrategias, no se ha  logrado reducir ni el número de asesinatos de mujeres o las tasas de denuncia por maltrato, ni las agresiones sexuales extra o intrafamiliares.

“Prevención, es un término desgastado, más por usarlo indebidamente y retóricamente, que por hacerlo realidad mediante acciones concretas” (Echeburúa, 2010:237).
Hacer prevención significa emprender actuaciones de diversos tipos (educativas, sociales, de ayuda social y económica, de mejora urbanística), que tengan como objetivo, y que logren  disminuir las agresiones contra las mujeres. Esto último es muy importante: las acciones preventivas no se identifican y se justifican por su mera intención, sino por sus resultados, que deben poder ser evaluados. 

Aunque es evidente que la variable del sexo condiciona la prevalencia de los delitos y de las conductas violentas, en realidad tanto en varones como en mujeres es pequeña la proporción de personas que llevan a cabo comportamientos violentos graves y reiterados. Lo anterior quiere decir que,  más allá del factor del sexo, son las características individuales las que finalmente condicionan el comportamiento violento delictivo.

Aunque la mayoría de los esfuerzos de prevención se han enfocado en las mujeres, enseñarles estrategias de autoprotección como  no salir solas y a defenderse, está prevención seguirá siendo inútil para eliminar la violencia sexual, pues las mujeres seguirán siendo responsables de un acto que es cometido contra ellas y no se realizan esfuerzos para que se modifique al generador de violencia, que en la mayoría de los casos es un hombre (Tzompantzi, 2007: 61).

La prevención debería estar encaminada a una constitución de los programas de prevención que integren las relaciones de poder como eje transversal de las acciones cometidas por los agresores sexuales. Actualmente, se les da tratamiento terapéutico para tratar de encontrar como se desato su “desviación sexual”, pero solo basta con mirar  los expedientes carcelarios y resulta evidente que no todos los violadores fueron víctimas de violación, de hecho muchos de ellos tenían una vida sexual dentro de los parámetros de la normalidad. Eran ciudadanos ejemplares, padres, esposos, hijos y tíos;, entonces, ¿Qué los llevó a cometer esos tipos de actos violentos en contra de otra u otras personas?. Es evidente que buscaban llenar algo que les hacía falta en sus vidas diarias, y la respuesta, bien pudo ser la necesidad de controlar y sentirse dueños de alguna situación o de que una persona hiciera lo que querían cuando ellos lo querían. 

Los esfuerzos de la prevención se consideran generalmente en términos de prevención primaria, secundaria y terciaria. La prevención primaria implica esfuerzos de reducir la incidencia de un problema entre una población antes de que ocurra. La meta de la prevención secundaria, ha sido identificar servicios que ayuden a reparar el daño causado por la violación sexual. La prevención terciaria implica tentativas de reducir al mínimo el curso del problema una vez se causó el daño, que en este caso implica la identificación de la violencia sexual, los perpetradores, del control del comportamiento y su efecto, castigo y o tratamiento para los autores, por lo tanto la prevención primaria está enfocada al trabajo con hombres, la secundaria a víctimas de la violación y la terciaria a perpetradores de violación. (Wolfe y Jaffe, 2002; Funk, 2006 citado por Tzompantzi, 2007: 62) 
Así  la prevención resulta efectiva cuando se usan una variedad de tácticas de manera conjunta. Teniendo en cuenta que  la prevención debe estar enfocada a parar la violación, esto solo es posible si se trabaja con hombres, pues el único factor de riesgo para ser victimario sexual es ser hombre, tener un pene y ocuparlo como arma para controlar y dominar a una mujer (Funk, 2006 citado por Tzompantzi, 2007: 63).

Los principales mensajes epidemiológicos, señalan que  el mayor predictor para ser víctima de violación es la condición de ser mujer, mientras que el mayor predictor de ser perpetrador sexual es ser hombre, pertenecer a una cultura y/o subcultura que condona la violencia y denigra los roles femeninos. 

Desde el ámbito social, la prevención puede estar enfocada a la legislación, dado que está, es una forma de prevención dirigida a la población en conjunto. El encarcelamiento de los victimarios los mantiene fuera de las calles para evitar que sigan cometiendo violaciones, pero la pregunta más importante en la legislación contra la violación es si la sanción legal desalienta la violación sexual de los hombres no convictos. La certeza de castigo es efectiva para reducir la tasa del crimen, sin embargo, la severidad del castigo no lo es. El castigo está muy lejos de ser una solución para la violación. En términos de prevención, el castigo apoya la reforma legislativa y la política para ejercer su cumplimiento y proceso legal, de tal  forma  que se tenga la seguridad sobre el castigo a perpetradores y delitos sexuales. El cumplimiento riguroso de las sanciones legales en contra de la violación, mostraron un sentimiento público con respecto a lo inaceptable que es la violación y en consecuencia influirá sobre las normas de comportamiento. (Swift, 1985 citado por Tzompantzi, 2007: 63).

La legislación encaminada a codificar la igualdad de las mujeres y sus derechos en los ámbitos educativo, político y social, es solo una parte de las estrategias de prevención integral para eliminar la violación. Otra estrategia puede ser el desarrollo de capacidades, estas técnicas están diseñadas para prevenir ser víctima. Tiene potencial para reducir significativamente la incidencia de victimización en ciertas poblaciones huésped.
Luchar y oponerse es reclamar para sí el poder que la mujer tiene, es un acto que las mujeres deben reproducir en todos y cada uno de los círculos de la interacción social (Switf, 1985 citado por Tzompantzi, 2007: 63). 

Una propuesta para este plan de intervención, sería que se  elimine el plan de estudios y prácticas educativas sexistas, que promuevan la subordinación. La prevención de la violación requiere de la intervención en las escuelas para no reproducir el sistema de opresión contra las mujeres, así como una educación no estereotipadas.

Se debe tomar en cuenta que ninguna de las estrategias antes mencionadas tendrá el éxito deseado para evitar la violación si se hace por separado. La prevención de la violación requiere cambios simultáneos en las instituciones políticas, económicas, educativas y sociales, así como un cambio de cada uno de los sujetos pertenecientes a una cultura. 
Cómo cualquier otro problema social, la solución no solo depende los afectados, sino de toda la sociedad pues los problemas del otro son problemas nuestros; queda claro que comenzamos a ser éticos cuando nos responsabilizamos más por el otro que por nosotros mismos.

Referencias 

Echeburúa, E. y. (2010). ¿Porqué víctima es femenino y agresor masculino? La violencia contra la pareja y las agresiones sexuales. Madrid: Psicología Pirámide.

Tzompantzi, M. (2007). La opinión de los hombres con respecto al fenómeno de la violación sexual de las mujeres. (Tesis de Licenciatura) Universidad   Nacional Autónoma de México.

sábado, 21 de marzo de 2015

Violación y Relaciones de poder: la violación que deja de ser un acto sexual para convertirse en un acto de poder (II)


La violación teóricamente es considerada como:

“Cualquier hecho que sobrepase los límites corporales y psicológicos de la persona. Es una acción forzada en la cual hay penetración vaginal, anal u oral del pene o cualquier otro sustituto del mismo, con carencia de consentimiento. Este tipo de violencia da como resultado un rompimiento de equilibrio físico, emocional, social y sexual del individuo (González, 1997 citado en Tzompantzi, 2007: 16)”.

La violación es un producto de las expresiones de la sociedad sexista que conceptualiza a la mujer como un ser inferior, incapaz de llevar a cabo las actividades que el patriarcado ha definido para hombres y, por ello, se le concibe como objeto sexual y blanco de violencia.
Para analizar las causas y las razones de la violencia es importante tener en cuenta los tres elementos que la conforman el agresor, la víctimas y la relación entre ambos.

Según Groth y Birnbaum (1980, citados en Tzompantzi, 2007), se distinguen tres componentes motivacionales que se pueden encontrar en la violación:

1) La violación por ira: En este tipo de violación, la sexualidad se ha vuelto un medio para expresar y descargar sentimientos. El agresor no busca satisfacción sexual, busca lastimar, castigar y humillar a su víctima, y ve a la sexualidad como arma para cometer su crimen. (Groth y Birnbaum, 1980 citados en Tzompantzi, 2007: 18)

2) La violación por poder: Su principal característica es que, el poder parece ser el factor dominante que motiva al victimario. En estos asaltos, el intento del victimario no es lastimar a la víctima sino poseerla. La sexualidad se vuelve un medio de satisfacción para los sentimientos principales de insuficiencia y sirve para expresar poder, fuerza, control, autoridad e identidad. Existe una necesidad desesperante de parte del victimario para asegurarse a sí mismo sobre su capacidad como hombre, la violación le permite sentirse fuerte, poderoso y que tiene el control sobre alguien más (Groth y Birnbaum, 1980 citados en Tzompantzi, 2007:18).

3) La violación sádica: Aquí se encuentra que, tanto la sexualidad como la violencia están fusionadas en una experiencia psicológica conocida como sadismo. La violencia se vuelve erotizada, y el victimario encuentra la deliberada e intencionada violencia sexual intensamente excitante y gratificante. En algunos casos, el victimario es un individuo que no puede alcanzar una supuesta satisfacción a menos que su víctima se resista físicamente. En casos extremos, podría matar a su víctima y mutilar su cuerpo. (Groth y Birnbaum, 1980 citados en Tzompantzi, 2007: 19).

Como se observa,  en cualquiera de los tipos de violación mencionados, se encuentra inmiscuido el uso del poder como eje principal para someter y controlar. Tales comportamientos pueden adoptar cuatro modalidades básicas: las agresiones sexuales por desconocidos, las que cometen algunos individuos sobre víctimas a las que conocen, las que se producen en el marco de relación de pareja (matrimonios, parejas de hecho, novios) y las agresiones sexuales realizadas en grupo.

Las diferencias entre las modalidades antes mencionadas pueden resumirse de la siguiente manera: “1) marco relacional o de interacción en que se produce la agresión ( si existen o no conocimiento y relación previas entre la víctima y el agresor); 2) la gravedad que puede tener para la víctima de una u otra modalidad de agresión, y 3) la etiología  de cada tipo de agresión sexual y el nivel de riesgo de futuras agresiones en función de las diversas categorías mencionadas  (Echeburúa, 2010: 123).

La violación sexual por un conocido, guarda relación directa con los roles de género en la sociedad patriarcal, pues las normas de género para las mujeres incluyen sumisión, respeto a la autoridad masculina, dependencia, virginidad y fidelidad; en tanto que para los hombres, las normas se relacionan con el poder, control e interdependencia, no mostrar emociones, correr riesgos, recurrir a la violencia para resolver conflictos, iniciar la actividad sexual y tener relaciones con varias personas. (Schuller, 2005 citado en Tzompantzi, 2007: 21).


La agresión en el contexto de las relaciones de pareja viene condicionada y fenomenológicamente definida por la existencia de una previa relación de intimidad entre el agresor y la víctima (Echeburúa, 2010: 139). Las agresiones sexuales en grupo se tratan de un fenómeno prioritariamente urbano y correspondería a una de cada tres agresiones sexuales juveniles denunciadas. El porcentaje de episodios en que se consuma la violación cuando se trata de una agresión grupal es claramente superior (más del 80% de los casos) que cuando se trata de agresores aislados (en que la agresión se completa en torno al 50 % de las ocasiones)” (Echeburúa, 2010: 140-141).

Las relaciones de poder en el delito de Violación

“La violación no es un acto sexual sino un acto de poder, de dominación” (Pérez, 2002). Desde  hace varios años atrás, la historia oficial la escriben los que tienen el poder y generan explicación de la realidad basada en su posición dominante, de esta forma, los hombres han escrito sobre las mujeres, los adultos sobre los niños, los pueblos ricos sobre los pobres, los opresores sobre los oprimidos;  en este sentido, la  opinión de quien no tiene poder suele ser silenciada. La historia de la agresiones sexuales es una historia de olvido y silencio, de una realidad negada tanto individual como colectivamente.

Como ya mencioné, la mayoría de los agresores sexuales condenados son varones (alrededor del 90%) y tienen como víctimas principales a mujeres jóvenes. En todos estos casos existen  diferentes tipos de poder, así se puede hablar de un  poder real o personal, y otro tipo de poder, que denominaremos poder sobre algo este supuesto poder es característico de los maltratadores, pero nunca suelen tenerlo tanto como quisieran. (Jayne, 2002).

El poder supuesto consiste en ganar, en llevar la razón, en dominar sobre las personas, lugares y cosas (poder de control, poder político, poder social). El poder personal  es aquel que permite tomar decisiones y emprender acciones sin culpar a los demás y sin hacerlos responsables de nuestros actos, Jayne (2002) propone que la violencia es la última expresión de poder. El poder se refleja en el uso del lenguaje, quizá sea un simple capricho de este pero está ya establecido en el pensamiento general que el agresor es masculino y víctima femenino, y más curioso aún, es que el término agresor dispone de su forma femenina, sin embargo, el término víctima solo parece tener forma femenina.

La sexualidad es tomada como instrumento de poder e ira por parte de los hombres. Los hombres son los poseedores universales de las mujeres, ellos pueden y deben apropiarse sexualmente de las mujeres con el fin de demostrarse a sí mismos y a los otros hombres su virilidad. (González, 2001 citado en Tzompantzi, 2007).  Bobbio (1989) habla de una interpretación relacional del poder, en la cual, por poder se debe entender como una relación entre dos sujetos, en la cual el primero obtiene del segundo un comportamiento que de otra manera no habría realizado. Lo anterior bien podría ser una definición de la violación si agregáramos el componente sexual, es por esta razón que se habla de las relaciones de poder como parte fundamental del delito de violación.

De igual forma que Bobbio propone,  Haugaard (2010) y los seguidores de Weber, en especial Dahl y Lukes reafirman: el poder como dominación, en tanto que el «poder» constituye la capacidad de A para hacer que B haga algo que de otra forma no haría. El discurso del hombre que maltrata a las mujeres y las domina está direccionado hacia su propia persona. Continuamente piensa en cuanto poder tienen los demás en comparación con él y “convierte su deseo de poder en el motivo primario de su comportamiento ofensivo”  (Jayne, 2002).

Pero, ¿cómo son las relaciones de poder? Tras aseverar que más de una veintena de rasgos distintivos de la relación de poder pueden encontrarse en la literatura especializada, Jiménez (2006: p. 24) alude particularmente a seis:

1. Es una relación dialéctica.
2. Es una relación probabilística.
3. Es una relación de dependencia.
4. Es una relación asimétrica.
5. Es una relación condicionada por la situación.
6. Es una relación causal.

Cuando Jiménez (2006: 24) menciona que las relaciones de poder son relaciones dialécticas, hace referencia a que “entre A y B debe existir algún tipo de interdependencia, vínculo, conexión o interacción reales”. El mismo autor, realiza esta especificación con la finalidad de excluir la posibilidad de que existan relaciones de poder entre agentes “ultraterrenos” o sobrenaturales.

Ahora bien, la interacción en las relaciones de poder deben ser, de alguna forma, acciones realizadas por los actores que ejercen el poder “provoquen” acciones en otros sobre los cuales es ejercido. Esta idea se acerca mucho a la noción de causalidad.

Foucault crea una distinción entre las relaciones de poder y las meras relaciones físicas de coacción: “la esclavitud no es una relación de poder cuando la persona está encadenada, sino justamente cuando puede desplazarse y en última instancia escapar” (1988:16). Existe cierta discusión sobre si la condición asimétrica o desigual de las relaciones de poder es absoluta o relativa, y entre sí, es inmutable o transformable.

Para Jiménez (2006: 25), “entre A y B hay una relativa desigualdad, del tipo que fuere. Lo que no excluye que, pasado el tiempo, o en otro escenario diferente, sea B el que ocupe la posición de A y sea distinta esa asimetría”. Lo que nos remite a los casos en que se argumenta que una persona que fue víctima de violación o abuso sexual durante su infancia tiene una mayor probabilidad de convertirse en agresor sexual en la edad adulta.

Referencias

Bobbio, N. (1989). Estado, Gobierno y Sociedad. México: Fondo de Cultura  y Económica.

Echeburúa, E. y. (2010). ¿Por qué víctima es femenino y agresor masculino? La violencia contra la 
pareja y las agresiones sexuales. Madrid: Psicología Pirámide.



ResearchBlogging.orgHaugaard, M (2010). Democracy, Political Power, and Authority Social Research , 77 (4), 1049-1074

Jayne, P. (2002). Mujeres que sufren demasiado. Barcelona: Urano.

Jiménez B., F. (2006). Perspectivas teóricas y definicionales sobre el poder y la autoridad. En 
Jiménez B., F. (Coord.). (2006). Psicología de las relaciones de autoridad y de poder
Barcelona: Universitat Oberta de Catalunya.

Perez, F. (2002). Violador, un poder infame sobre las mujeres. Barcelona: Belocava.

Tzompantzi, M. (2007). La opinión de los hombres con respecto al fenómeno de la violación sexual 
de las mujeres. (Tesis de Licenciatura) Universidad Nacional Autónoma de México.

sábado, 14 de marzo de 2015

¿Prevenir o reprimir el delito?



Mi sugerencia de esta semana es un texto publicado en la revista electrónica de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL). En mi entrada anterior comenté que era más oportuno invertir en estrategias de prevención que en las de control. En efecto, sigo pensando lo mismo, ya que en nuestro país las estrategias de represión han resultado poco efectivas en términos de reducción del delito especialmente la política criminal de “Tolerancia Cero” o en menor medida la de “Ventanas Rotas”.

La política de tolerancia cero es una línea de actuación de mano dura desarrollado en los años 90 por el alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, que por cierto visitó nuestro país para capacitar en dicha política e instrumentarla en el Distrito Federal. Esta política tiene como objetivo perseguir cualquier delito “callejero” y aplicarle el máximo posible de sanción, así como indagar si el presunto infractor ha realizado otros delitos asociados donde se le pueda implicar. Aunado a esta política, no está de más decir, que con ello se criminalizó a cualquier persona que pareciera “sospechoso”, se contribuyó a la discriminación y xenofobia (Aller Maissonave, 2010).

El modelo de Ventanas Rotas se ha fundamentado en las investigaciones que Zimbardo hizo en los 60. La idea principal es que cada ventana rota (carro abandonado, calles descuidadas, sin iluminación o con graffiti) debe ser reparada rápidamente, de lo contrario las personas concluirán que no importa preservar ese lugar, que no hay protección, que los bienes pueden ser tomados por cualquier persona y se puede hacer lo que se quiera con ellos. Este modelo ha funcionado dentro de la teoría situacional del delito, por lo que considero que es útil en términos de restauración del espacio y como un factor que fomenta el cuidado de las comunidades, sin embargo también ha dado como resultado la criminalización de ciertos sectores, normalmente los más marginados y por lo tanto a las personas que en ellos habitan desarrollándose “ciudades perdidas” u olvidadas.

Este texto me parece una buena oportunidad para conocer lo que han hecho en otras partes del mundo y como han sabido utilizar ambas estrategias para la reducción del delito, las cuales han evidenciado y documentado, llamándolas como intervenciones de “doble orientación” argumentando que entre la prevención y la represión no debería existir un dilema, pues el punto no es elegir entre una de las dos sino, considerar ambas y cuestionarse en qué y cómo se invierte el dinero, cuya finalidad tenga la de reducir el delito y la violencia en un espacio.

En el texto se plantea el reto de identificar prácticas exitosas con respecto a la prevención de la violencia de manera regional y en específico de los países que integran América Latina. Así mismo, plantear acciones dedicadas a reprimir y otras a prevenir el delito en la búsqueda de consolidar (o al menos en teoría) la seguridad ciudadana.

Los puntos a destacar desde mi perspectiva como los más importantes, son los siguientes:


  1. Existe un problema relativo a la comparación de estrategias de prevención de la violencia y el delito a nivel regional. Esto se debe a la escasa información que hay al respecto de estas prácticas, además del poco interés manifestado para levantar estadísticas de utilidad referentes, no solo a las acciones y su impacto, sino a las que miden los delitos. Las fuentes de información son pobres o poco confiables., por lo tanto, se invita entonces a contribuir a sistemas de información sobre el delito.
  2. Al considerar a la violencia desde un enfoque multicausal y por esa razón se necesita de esfuerzos que contemplen modelos que atiendan a los factores asociados tanto con la victimización como con la delincuencia. En este sentido,  hace falta considerar dentro de este enfoque multicausal los costos económicos que acarrea la violencia para tratar de observar el impacto en la sociedad.
  3. Se propone una definición y distinción entre la seguridad ciudadana y seguridad pública. La seguridad ciudadana ha sido definida poniendo como punto importante la intangibilidad y su carácter subjetivo. De manera amplia, se define como la preocupación por la calidad de vida y la dignidad humana en términos de libertad, acceso al mercado y oportunidades sociales.
  4. La pobreza y la falta de oportunidades, el desempleo, el hambre, el deterioro ambiental, la represión política, la violencia, la criminalidad y la drogadicción pueden constituir amenazas a la seguridad ciudadana.
  5. En un nivel más limitado, la seguridad pública ha sido definida como el conjunto de políticas y acciones coherentes y articuladas que tienden a garantizar la paz pública por medio de la prevención y represión de los delitos y las faltas contra el orden público, mediante el sistema de control penal y el de la policía administrativa (González Ruiz, López y Núñez, 1994).
  6. Las políticas para generar mayor seguridad ciudadana que se proponen y al parecer, han manifestado mayor éxito, son aquellas que consideran tanto medidas de prevención como medidas de control. Se apuesta a programas de doble orientación que consideren algunos criterios para su realización como: coordinación interinstitucional, participación ciudadana, prevención a través de programas educativos y acciones para el mejoramiento del registro de delitos a nivel nacional y regional.


Podemos decir que las estrategias de prevención del delito buscan teóricamente trabajar con el fortalecimiento de la seguridad ciudadana. Lo que plantea el texto, es que tanto las medidas de prevención como las de represión o control, propias de la autoridad, trabajen en conjunto para apoyar a la seguridad ciudadana.

Entonces no hay que olvidar, que en efecto, son importantes las inversiones en términos de control (armas, patrullas, cámaras de vigilancia, etc); sin embargo  considero que estas inversiones deberían ser  mínimas en comparación a estrategias de prevención que apuesten a la cohesión social, a la formación de ciudadanía, la participación social en los temas que interesan a los integrantes de una comunidad, la cultura de la legalidad, entre otros. Y lo más importante y que también es planteado en el texto, es la necesidad de evidenciar las prácticas que funcionan en términos de prevención, de tal forma que se tenga un termómetro de que las acciones que se hacen y en lo que ha invertido el sector público y privado ha dado resultados, o bien, que no los ha dado y hacer las cosas de manera diferente.

Referencias


ResearchBlogging.orgArriagada, I., & Godoy, L. (2000). Prevenir o reprimir: falso dilema de la seguridad ciudadana Revista de la CEPAL, 70, 107-131

Aller Maissinove, G. (Agosto de 2010). Paradigmas de la criminología contemporánea. Congreso de Derecho Penal del Bicentenario de la Argentina. Charla llevada a cabo en la Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires, Argentina. 

sábado, 7 de marzo de 2015

Violación y Relaciones de poder (Parte I)

La violación que deja de ser un acto sexual para convertirse en un acto de poder (Parte I)



“Durante mucho tiempo y aún en la actualidad, la violación se tomó como un derecho, el “jus primae noctis” o “derecho de pernada”, se difundió en el Medievo, no como un delito sino como la facultad o ganancia de disponer de las mujeres que son consideradas como propiedad de los señores feudales” (Olvera, 1987: 22 citado por Tzompantzi, 2007). En México, este derecho fue heredado por los españoles a los hacendados o caciques y consistía en reclamar a un peón a su servicio, que se casaba, el disfrutar sexualmente de la novia en la noche de bodas, antes que él.

Hasta finales del siglo XIX, la violación sexual era un crimen contra la propiedad de los hombres. Las mujeres después de una gran lucha, fueron reconocidas como ciudadanas, con derechos y capacidades. Desde entonces el atentado sexual es problema “supuestamente” femenino. Y es el único delito cuya prueba requiere, además de investigar los hechos, husmear en la historia íntima, pasada y presente de quien sufrió el daño. (Hercovich, 1997 citado por Tzompantzi, 2007).

Al parecer la violación en nuestro país es un caso fantasma, a pesar de que este crimen existe desde hace muchos años, la investigación, la información, la educación, la legislación y la atención insuficiente e inadecuada hace que se generen muchas dudas con respecto a este suceso creando mitos alrededor de la violación y revictimizando a la mujer que sufrió ese delito, haciéndola responsable tanto de la violación como de la prevención y la solución. El problema con la violación es que, aún en la actualidad se ve como un acto sexual motivado por las necesidades reprimidas de un individuo, pero como señala Groth y Birnbaum (1980), la violación es la expresión sexualizada del poder y la ira. La violación es un acto pseudosexual, complejo y multideterminado, pero que comprende temas de hostilidad (ira) y control (poder) más que de pasión (sexualidad).

La cultura patriarcal en la que vivimos cimienta el poder masculino en la represión de la sexualidad femenina y el sometimiento de las mujeres. Esta visión del mundo y de las relaciones entre las personas, favorece que algunos hombres consideren a las mujeres como su propiedad, incluida su sexualidad, que puede ser usada cuando ellos quieran. Así, el coito forzado se convierte en la reafirmación del poder,  la autoridad de los hombres y la represión de las mujeres (Rich, 1996: 4).

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Violencia contra las Mujeres (INSP-SSA, 2006), 12.7% de las mujeres usuarias de los servicios de salud encuestadas mencionaron haber sufrido violencia sexual alguna vez en su vida. Existen marcadas diferencias en la prevalencia de la violencia sexual en el país, que reportan de sus diferentes estados, un rango que va desde 7.1% en Aguascalientes hasta 21.2% en Sinaloa. Jalisco, Colima, Durango, Estado de México, Nayarit, Michoacán, y Tabasco, los cuales  presentan mayor porcentaje de mujeres víctimas, ya que entre el 19.5% y el 15.5% de las mujeres han sufrido algún abuso sexual en algún momento de su vida.

En la Encuesta Nacional de Salud  Reproductiva (2003), del total de mujeres que fueron obligadas a tener relaciones sexuales, 13.7% mencionaron que esta situación ocurrió cuando eran menores de 10 años y el 65% entre los 10 y 20 años de edad.  Por otro lado, la Encuesta Nacional sobre Violencia contra las Mujeres (INSP-SSA, 2003) señala que 7.6% de las mujeres entrevistadas reportaron haber sufrido abuso sexual antes de los 15 años, siendo el agresor casi siempre alguien conocido: el padre (7.2%), el padrastro (8.2%), algún otro familiar (hombre) (55.1%) o el novio (3.4%). De igual forma, no hay que olvidar que los niños y jóvenes junto con las mujeres son víctimas de abusos sexuales

En nuestro país la violación es un hecho más común de lo que se imagina y solo una pequeña parte de estas violaciones son denunciadas ante las autoridades.

Actualmente, la Dirección General de Política y Estadística Criminal del Distrito Federal nos dice que en promedio al día se presentan 1.4 averiguaciones previas del delito de violación. Cifra que parece no reflejar la realidad, ya que estudios del Secretariado de Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública nos dicen que durante el año 2012 se presentaron 843 comisiones de este delito en el Distrito Federal y 14, 050 a Nivel Nacional (Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, 2013).

Son raros los casos en que mujeres y niños recurren a la justicia para denunciar la violencia sexual, y cuándo lo hacen se les revictimiza, lo que quiere decir que las tratan con recelo, apatía y falta de respeto, además de que  los casos en donde se condena a los agresores, resultan pocos.

Aunque debe reconocerse que se ha avanzado en el campo de la atención a víctimas del este tipo de delito. Y es que “el interés por las víctimas se extiende cada día más y no parece ser simplemente una “moda” intelectual, sino que se ha convertido en un campo profesional y de conocimientos en expansión, que se agrupa bajo la etiqueta de la “victomología” (Echeburúa, 2010: pág 15).

Entre las instituciones especializadas en la atención de estos casos, figuran: En el Distrito Federal se encuentran:


  1. El Centro de Terapia de Apoyo a Víctimas de Delitos Sexuales en donde ofrecen atención psicológica, medica, trabajo social, asesoría y asistencia jurídica de forma gratuita. 
  2. La Dirección General de Atención a Víctimas del Delito la cual proporciona orientación y asesoría jurídica a las víctimas y ofendidos del delito en el orden federal, promueve que se garantice y haga efectiva la reparación del daño e interviene para que se les proporcione atención médica, psicológica y asistencial, mediante programas y acciones específicas, de manera directa o en colaboración con las unidades administrativas de la propia institución, así como con organismos públicos federales, estatales, municipales y organizaciones de la sociedad civil.
  3. El Centro de Apoyo Sociojurídico a Víctimas de Delito Violento brinda a las personas apoyo terapéutico, de trabajo social, acompañamiento, asesoramiento y tiene especialidad en atender a víctimas de secuestro y de tortura. 


No cabe duda que la creación de estas instancias significan un paso gigantesco en el mejoramiento de la atención a víctimas, pero aún queda mucho camino por recorrer, pues se necesita formar especialistas en la materia, seguir fomentando en la sociedad la conciencia de denunciar los delito y la confianza en las autoridades; finalmente, vale la pena resaltar que aunque se logren formar teóricamente a los especialistas necesarios, estos tienen que tener sensibilidad y empatía hacia las personas que llegaran a solicitar los servicios, pues lo que tienen que encontrar es un ambiente reconfortante, en el cual puedan sentirse  seguros y seguras, en confianza para poder hablar de un hecho tan traumático y romper así el ciclo  no la revictimización que se vive en la actualidad.

Referencias


ResearchBlogging.org
Tzompantzi, M. (2007). La opinión de los hombres con respecto al fenómeno de la violación sexual de las mujeres. (Tesis de Licenciatura) Universidad   Nacional Autónoma de México.

Instituto Nacional de Salud Pública, & Secretaría de Salud (2003). Encuesta Nacional sobre Violencia contra las Mujeres 2003 ENVIM Encuesta Nacional sobre Violencia contra las Mujeres 2003 ENVIM

Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. (2013). Incidencia Delictiva del Fuero Común 2012. Recuperado  de : http://www.secretariadoejecutivosnsp.gob.mx/work/
models/SecretariadoEjecutivo/Resource/131/1/images/CIEISP2012_DICIEMBRE_200213.pdf.

sábado, 28 de febrero de 2015

Reeducar a los Hombres que Ejercen Violencia: ¿Realmente funciona?



La violencia hacia la mujer es una problemática social que afecta a mujeres alrededor de todo el mundo. Especialmente, la violencia hacia la pareja, suele ser una de sus manifestaciones con mayor frecuencia; sólo en México, en 2011, el 47% de las mujeres de 15 años y más sufrieron algún episodio de violencia por parte de su pareja (INEGI, 2013). Este problema está considerado como el principal obstáculo para lograr la igualdad de género, y su erradicación, sigue siendo uno de los desafíos más importantes de nuestra época.

Desde el surgimiento de la lucha por la disminución de la violencia hacia la mujer, los programas de prevención y atención estuvieron centrados en la víctima. Es recientemente, hace unos 10 años aproximadamente, que las miradas empezaron a enfocarse en el origen real del problema, en aquellos que ejercen las acciones violentas: lo hombres. A lo largo de todo este tiempo, se han desarrollado programas para su reeducación con diferentes enfoques, perspectivas y metodologías como una estrategia novedosa para la erradicación de las desigualdades de género, pero cuya efectividad, hasta el día de hoy, ha sido cuestionada.



Debido al estado de la efectividad de estas acciones, Espinosa, Giménez-Salinas, y Pérez (2013), realizaron una evaluación a un programa penitenciario  de reeducación de hombres condenados por violencia hacia la pareja aplicado en varios estados europeos. El estudio se realizó con un grupo experimental y un grupo control, la muestra experimental estuvo compuesta por 635 participantes y el grupo control por 135 personas. Se aplicaron alrededor de 10 instrumentos pre y post tratamiento que medían diferentes variables relacionadas a la violencia de pareja. Posteriormente, se realizó un análisis del grupo experimental por separado y fue comparado con los resultados del grupo control (se redujo la muestra experimental a un número proporcional y con características homogéneas al grupo control para su comparación).

Estos son las áreas con mejorías significativas del grupo experimental por separado (efectividad del programa).
  1. Atribución de responsabilidad. Los resultados indicaron niveles significativos de cambios después del tratamiento en el sentido de un mayor reconocimiento del delito y de la propia responsabilidad en el mismo.
  2. Sistema de creencias. Los participantes mostraron significativamente menos pensamientos sexistas. Se observaron cambios en la disminución de los pensamientos y las manifestaciones hostiles sobre la supuesta inferioridad de la mujer. Así mismo, los celos patológicos mostraron una clara disminución.
  3. Abuso emocional. Los análisis mostraron una disminución significativa en el control excesivo, la indiferencia hostil y las estrategias de dominación e intimidación de los hombres sobre la pareja.
  4. Resolución de conflictos. Los hombres que participaron en el programa aumentaron significativamente sus estrategias de negociación al resolver conflictos de pareja y disminuyeron sus estrategias de agresión psicológica y lesiones.
  5. Ira. Los datos mostraron que los hombres exteriorizan menos su ira y son capaces de controlarla en mayor medida y por consiguiente, la expresan de forma menos hostil hacia los demás.
  6. Personalidad. Los hombres del programa mostraron significativamente menor impulsividad y temeridad y una mayor empatía.

Estos resultados sobre la efectividad del programa fueron complementados con el análisis de la comparación entre el grupo experimental y el grupo control, para comprobar que los resultados anteriores no se debieron al azar y sí, por el tratamiento. Se encontró una relación significativa con las siguientes variables.
  1. Atribución de la responsabilidad
  2. Sistema de creencias sexistas.
  3. Impulsividad

Adicionalmente se encontraron diferencias (aunque no estadísticamente significativas) es las variables de abuso emocional y control y expresión de la ira.

En conclusión, se puede observar que los programas de reeducación de hombres que ejercen violencia hacia su pareja pueden ser significativamente eficaces, siempre que se realice con una metodología sistematizada.

Otro de los aciertos de este tipo de programas es que inciden sobre variables importantes para la disminución de la violencia de género, esto es, sobre la atribución de la responsabilidad y la reestructuración de los sistemas de creencias hegemónicas sobre la masculinidad y feminidad. Una de las principales consideraciones en el trabajo con hombres es que este, debe tener el objetivo de lograr que los hombres se responsabilicen de su ejercicio de violencia, ya que  se considera que la violencia de género (y por tanto, hacia la pareja),  no  son  una  “enfermedad”  o  una  cuestión  del  “ser”  de  los  hombres, sino  que  es  una  cuestión  del  “hacer”. Si  se  considerara  la  violencia  de género como una enfermedad o trastorno mental, los hombres  no  serían  responsables  de  ejercer  violencia,  pues lo  sería  debido  a   su condición, algo sobre lo que no pueden controlar.  Existen diversos estudios que avalan que la violencia es aprendida, por lo tanto es algo que pueda desaprenderse, de allí que el trabajo se  base en reeducar a los hombres y en hacerlos responsables de sus acciones. Así mismo, el tema de la violencia  de pareja y de género  tienen  su  origen  en  la  construcción hegemónica de la masculinidad y feminidad, por lo tanto, la reeducación va en ese mismo sentido: en reestructurar su masculinidad

Este  trabajo  con hombres desde lo individual es importante, pero,  evidentemente,  es  insuficiente.  Es  necesario  que  los  sistemas  sociales,  políticos  y  económicos contemplen  cuestiones  de  género y que la política  pública  se incluya  la  prevención,  atención  y  erradicación  de  la  violencia  de  familiar, doméstica y de género como un eje importante. Solo así las acciones individuales tendrán una repercusión a nivel comunitario.

Referencias 

ResearchBlogging.orgRamírez, M., Giménez-Salinas Framís, A., & de Juan Espinosa, M. (2013). Evaluación de la eficacia del programa de tratamiento con agresores de pareja (PRIA) en la comunidad Psychosocial Intervention, 22 (2), 105-114 DOI: 10.5093/in2013a13

sábado, 21 de febrero de 2015

Pandillas y Bandas Juveniles


El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia  (UNICEF, 2002) señala que en el mundo hay 1.200 millones de jóvenes de entre 10 y 19 años de edad, la mayor generación de adolescentes de la historia. Muchos de ellos llevan las riendas de un hogar, cuidan de hermanos pequeños y de progenitores enfermos, educan a sus compañeros sobre los desafíos de la vida y la mejor manera de protegerse frente a las enfermedades, entre ellas el SIDA, y sobre las conductas peligrosas.

Sin embargo, existen jóvenes que encuentra en los actos antisociales y delictivos, la forma de expresarse y resolver fácilmente situaciones familiares desventajosas. En este sentido se detecta que  la falta de políticas públicas, la creciente descomposición social, la pobreza, la falta de oportunidades y la pérdida de la comunicación familiar, ponen en riesgo a los jóvenes, pues aunado a la etapa de desarrollo que atraviesan, en la que la búsqueda de la autoridad y el desafío a la autoridad los hace propensos a cometer delitos a temprana edad (Barraza Pérez, 2008).

Algunos adolescentes pueden realizar conductas antisociales que consisten en actos que violan la ley y que implican infracciones que pueden ir desde crímenes, asaltos, robos, hasta fechorías graves como vagancia, intoxicación y conductas que son ilegales en función del adolescente, como comprar alcohol y fugaz del hogar (Alcántara Nogal, 2001). Por lo que el mayor peligro es que la delincuencia juvenil, se convierta en un modo de vida para los jóvenes que no encuentran otras alternativas  en el medio donde se desenvuelven.

Rodríguez-Manzanera (2004), propone que en la delincuencia juvenil pueden encontrarse toda una gama de la criminalidad, desde el pequeño robo hasta el homicidio agravado, pues en dicha etapa del desarrollo sobre todo en la adolescencia, ya se tiene la fuerza para cometer delitos contra las personas (lesiones, homicidios) y la capacidad para los delitos sexuales (violación y estupro). Sin embargo  recalca, que el adolescente es  influenciable y que su deseo de libertar y prepotencia, lo pueden llevar a cometer actividades  antisociales. La criminalidad en menores en general se comete en grupo, la diferencia de estar en un grupo o actuar solo, tiene que ver con la motivación del delito y la naturaleza del mismo.

Una de las temáticas importantes en cuanto a los actos antisociales entre jóvenes, tiene que ver con las bandas juveniles y las pandillas. Para entender este tema, resulta importante aclarar la diferencia y relación entre estos temas.

Según Perea Restrepo (2007) las diferencias entre pandillas y bandas son las siguientes:


Banda Juvenil


Representa un modelo de sociabilidad que organiza el espacio y el tiempo de la vida cotidiana, es percibida por sus miembros, como una segunda familia o escuela de vida. Con respecto a las personas que conviven con los chicos banda, esta es tomada en cuenta por las organizaciones populares, las corporaciones del gobierno, los medios de comunicación y por el mercado (Feixa Pàmpols, 2012; Ibañez Peinado, 2012).

Se ubican principalmente en la periferia de las grandes ciudades y mantiene vínculos profundos con el territorio, cuya defensa es el motivo de conflictos endémicos con otras bandas (Feixa Pàmpols, 2012). Los lugares de preferente formación y actuación, son los barrios menos favorecidos, en los que falta el trabajo, el absentismo escolar, la escasa vigilancia tanto de los padres como de las diferentes instituciones sociales, municipales, provinciales, comunitarias o estáteles; dichas condiciones, hacen que se encuentren los pares de iguales y su ociosidad sin límites les predispone, inclina o incitan a la violencia y a la delincuencia (Ibañez Peinado, 2012).

Pandillas


Es un fenómeno social nacional e internacional, pero más que eso, producto del hacinamiento humano que se presenta generalmente en las grandes ciudades, generando condiciones para su surgimiento, proliferación y sostenimiento (Barraza Pérez, 2008).

Anteriormente, se mencionó que una de las diferencias entre una pandilla y una banda juvenil, tiene relación con la norma jurídica. En México, el Código Penal Federal (2014), en el Titulo Cuarto, Capítulo IV Artículo 164Bis indica: Se entiende por pandilla, para los efectos de esta disposición, la reunión habitual, ocasional o transitoria, de tres o más personas que sin estar organizadas con fines delictuosos, cometen en común algún delito” y en el 164 señala: “Al que forme parte de una asociación o banda de tres o más personas con propósito de delinquir, se le impondrá prisión de cinco a diez años y de cien a trescientos días multa (H. Congreso de la Unión, 2014).

Al igual que las bandas juveniles, las pandillas se presentan en contextos socioeconómicos bajos, en los que la pobreza extrema es un factor decisivo que propicia que los jóvenes delincan y se unan a este tipo de agrupaciones. Por lo general en las familias de los jóvenes pandilleros se presentan drogadicción, alcoholismo y delincuencia. Se encuentran marcados por violencia, falta de comunicación, escasa vigilancia y disciplina (Mejía Navarrete, 2001).


La pobreza es una situación social que se convierte en un detonante importante en las familias y en la vida de los niños y jóvenes que la padecen, pues los niños que son maltratados y explotados por sus familias, cuyas edades van de los 7 a los 12 años, no tiene posibilidades de realizar algún oficio y toman la calle como su alternativa, en la que se encuentran con otros similares a ellos que los inducen al consumo, tráfico de drogas, planear robos, asaltos y dar inicio a prematuras prácticas sexuales Por lo tanto, una característica predominante del menor infractor mexicano es sin duda la segregación originada por la pobreza.

Otro factor importante a considerar es el relacionado al gobierno y las instituciones, pues el tratamiento inadecuado del problema de la delincuencia juvenil y el pandillerismo, la falta de políticas para la juventud (Barraza Pérez, 2008) y la falta de oportunidades educativas y laborales, provocan que el adolescente que se encuentra en barrios y colonias que presentan necesidades, busque en las pandillas ya conformadas, apoyo y protección, que les permitan sobrevivir en un entorno social marcado por la carencia.

En las pandillas se observan las características de los grupos primarios: lealtad, sacrificio por los otros miembros del grupo, pero sobre todo respeto por las reglas establecidas, se castiga a quien las quebranta, incluso con la muerte. El miembro de la pandilla está casi completamente controlado por la fuerza de la opinión del grupo (Trasher, 1960, en Mateo, C. y González, C, 1998).

Por lo tanto, la adscripción a las pandillas no está directamente relacionada con la pretensión de obtener un beneficio económico, más bien los jóvenes declaran satisfacer en la pandilla necesidades personales que dejaron descubiertas sus familias, como el reconocimiento y la autonomía. La lucha entre las pandillas por controlar y dominar los territorios, cuya dinámica de control y de reunión no suele ser oculta; al contrario, las pandillas suelen apropiarse de espacios abiertos y visibles a todos los que conviven en él. Esta visibilidad forma parte del control que desean demostrar y que en muchos casos ciertamente tienen sobre el territorio y sus habitantes (Rodríguez Bolaños y Sanabria León, 2007).

En algunos jóvenes, la pertenencia a la pandilla y la delincuencia es algo transitorio, utilizado para llamar la atención a falta de autodominio, mientras que para otros se convierte en norma de vida. Cuanto más joven sea el delincuente, más probabilidades, habrá de que reincida, y los reincidentes, a su vez, son quienes tienen más probabilidades de convertirse en delincuentes adultos. (Jiménez Ornelas, 2005; Ibañez Peinado, 2012).

El tema del pandillerismo y las bandas juveniles, resulta interesante en muchos niveles, pues permite conocer y explorar la realidad social en la que viven ciertos sectores de la población, identificando los factores presentes en ella, que pueden ocasionar la génesis de problemas sociales y de seguridad pública. La delincuencia juvenil, las bandas y el pandillerismo, no son fenómenos nuevos, sin embargo, la complejidad de su estudio va más allá de la identificación de los factores involucrados en su dinámica y las características particulares de los jóvenes involucrados en ellos.



Al identificar los compontes y el perfil del delincuente juvenil, podemos comprender  mejor la necesidad de agrupación que presenta, ya sea por la etapa de desarrollo o por otros factores de riesgo presentes en su contexto. Lo cual resulta importante al momento de describir a la banda juvenil (delictiva o no delictiva) y/o pandilla a la que puede llegar a unirse. Otro aspecto importante es la diferenciación entre la banda y la pandilla, que si bien tienen muchos aspectos en común (como el territorio, la estructura y las zonas donde se desenvuelven), están diferenciados por características muy claras como son la tipificación legal y las actividades delictivas, así como el grado y frecuencia de las mismas.

Resulta importante destacar que el hecho de que un joven forma parte de la una banda o pandilla, no es necesariamente el predictor de su conducta delictiva adulta, pues algunos autores señalan que muchos de los jóvenes que forman parte de las bandas o pandillas, se alejan de ellas a medida que van creciendo y pueden ser capaces de adaptarse a las normas sociales, que como adolescente rechazaba. Uno de los peligros más importantes asociados a la edad de los miembros de la padilla, es la prevalencia de hombres o mujeres adultos que comienza a dirigir a jóvenes con estructuras familiares y sociales pobres, convirtiéndolos en una población vulnerable a ser manipulada.

Los programas de intervención diseñados por el gobierno o particulares, deberá considerar el origen multifactorial de este fenómeno social, como es la condición economía, las oportunidades de escuela y trabajo, las condiciones de rezago, la violencia interfamiliar, los aspectos psicológicos del adolescente y los individuales, las adicciones y las falta de espacios institucionales y físicos, que fomenten actitudes, creencias y valores en la población vulnerable, que se encuentra en peligro de unirse a una pandilla por su propia voluntad o en contra de la misma.

Referencias


ResearchBlogging.orgJiménez Ornelas, R. (2005). La delincuencia juvenil: fenómeno de la sociedad actual Papeles de Población, 11 (43), 215-261

Mateo, C., & González, C (1998). Bandas juveniles: violencia y moda Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura, 4 (1), 229-247

Mejía Navarrete, J. (2001). Factores sociales que explican el pandillerismo juvenil Sociología, 9, 129-148

Alcántara Nogal, E. (2001). Menores con Conducta Antisocial. México: Porrúa. 2014código penal federal .http://info4.juridicas.unam.mx/ijure/tcfed/8.htm?s

Barraza Pérez, R. (2008). Delincuencia juvenil y pandillerismo. México: Porrúa.

Feixa Pàmpols, C. (2012). De jóvenes, bandas y tribus. (5a ed.). España: Planeta

Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. (2002). Adolescencia una etapa fundamental. UNICEF. Recuperado de: http://www.unicef.org/spanish/publications/files/pub_adolescence_sp.pdf

Ibañez Peinado, J. (2012). Psicología e investigación criminal. La delincuencia especial. España: Dykinson, S.L.

México. Código Penal Federal. H. Congreso de la Unión, Cámara de Diputados. 14 de Julio de 2014. Recuperado de: http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/9_140714.pdf

Perea Restrepo, C. (2007). Con el diablo dentro. Pandillas, tiempo paralelo y poder. México: Siglo XXI

Rodríguez Manzanera, L. (2004). Criminalidad de Menores. México: Porrúa.

Rodríguez Bolaños, J y Sanabria Leon, J. (2007). Maras y Pandillas, Comunidad y Policía en Centroamérica. Costa Rica: Demoscopia.

Rodríguez Manzanera, L. (2004). Penología. México: Porrúa.

sábado, 14 de febrero de 2015

La violencia, ¿Problema mundial de Salud Pública?



Muchos hemos leído y escuchado en los textos gubernamentales y de asociaciones civiles que la violencia es considerada un problema de salud pública, pero ¿Qué significa esto? ¿Por qué debe considerarse así, y no un problema de seguridad pública?

El texto que les compartiré hoy, es un documento obligatorio para todos aquellos interesados en comprender y estudiar la violencia en cualquiera de sus expresiones, el Informe Mundial sobre la Violencia y Salud. Este documento fue emitido por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en el año de 2002 y en su contenido se estableció que la violencia alrededor del mundo debía
considerarse como un problema de salud pública.

Pero,  ¿Qué significa esto? El objetivo de esta reseña es exponer porque la OPS ha considerado el fenómeno de la violencia como un tema relevante para la salud y porque debe ser considerado un problema de salud pública, más que de seguridad.

El informe se sustenta en datos basados en evidencia científica, que ayuda al entendimiento del fenómeno de la violencia que se relaciona a múltiples factores. Plantean la definición y tipología de la violencia, para sistematizar la producción de información con respecto al problema, así como también, brindar al lector un foco de atención sobre los factores que pueden ser estudiados para plantear acciones de prevención.

Los puntos centrales a considerar  son:

  • El modelo de Salud Pública empezó a cobrar importancia en los años 80 como una herramienta útil en respuesta a la violencia. Visibiliza la violencia como un problema que debe ser atendido interdisciplinariamente ayudado de la medicina, la epidemiología, la sociología, psicología, criminología, pedagogía y economía. 
  • Pone de manifiesto 4 pasos fundamentales para utilizar el enfoque de Salud Pública:

  • La violencia se puede definir como la acción de intencionalidad, fuerza, poder físico en hecho o amenaza contra uno mismo, otra persona, grupo o comunidad, que cause o tenga probabilidades de causar lesiones, muerte, daño psicológico, trastornos de desarrollo y privaciones. Esta definición hace hincapié en la intencionalidad y en el factor social y de aprendizaje que caracteriza a la violencia. 
  • El modelo ecológico está relacionado con el enfoque de Salud Pública; con él, se busca identificar los factores que inciden en la probabilidad de que existan comportamientos violentos, entre ellos están: factores individuales, relacionales, sociales, culturales y ambientales. En la medida que se analice la importancia de estos factores y cómo se vinculan entre sí en los diversos tipos de violencia, se podrán crear acciones preventivas más efectivas. 

En conclusión, el informe  aborda el problema de la violencia como un fenómeno mundial que atenta contra la salud y el bienestar de las personas. En México, la violencia se ha convertido en una de las principales causas de muerte, heridas y lesiones tanto momentáneas como permanentes, las cuales dejan a la víctima incapacitada para realizar funciones que permitan su pleno desarrollo , incluso de supervivencia, afectando así todas las esferas vitales del individuo. Es por ello, que la violencia debería entenderse como un problema de salud pública, porque además de las secuelas físicas y psicológicas en las victimas, además tiene secuelas macroeconómicas, debido a que el costo de salud se ha elevado a partir del aumento de los casos.

Para entender la violencia, la OPS propone que si es visto desde un modelo de Salud Pública, se podrían establecer propuestas concretas que busquen mejorar la calidad de vida de las personas, el bienestar y por lo tanto la salud física y mental. Si es visto como un problema de salud, se podrían hacer aproximaciones al fenómeno desde los 4 pasos antes mencionados, atendiendo la problemática desde la investigación, la atención y la prevención.

Se considera importarte invertir menos en acciones reactivas (compra de patrullas, armas, entre otros) e invertir más en prevención considerando que el sector de salud podría utilizar el dinero asignado para que las víctimas de la violencia también tengan una atención integral e incluso puedan acceder a programas de prevención. Es en el sector de salud donde se atienden a las víctimas en primera instancia, incluso más que aquellas que llegan a denunciar a los Ministerios Públicos.
Es indispensable, que además de la OPS y la OMS, otras instituciones gubernamentales y no gubernamentales den cuenta de sus experiencias en la prevención e intervención de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones.

 El texto brinda ejemplos sobre esas experiencias exitosas en cuanto a prevención de la violencia, lo que ayuda a comprender como en otros países, que se han visto azotados por el elevado índice de homicidios y hechos violentos,  han podido reducir los casos y atender a la población de manera integral.

Referencia


ResearchBlogging.orgKrug, E., Mercy, J., Dahlberg, L., & Zwi, A. (2002). El informe mundial sobre la violencia y la salud. Biomédica, 22 DOI: 10.7705/biomedica.v22iSupp2.1182