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jueves, 7 de marzo de 2019

¿Sirven los refugios para mujeres que viven violencia?



Imagina que eres mujer y que el lugar donde crees deberías estar a salvo (tu hogar) es donde más vulnerable te sientes. No tienes a dónde ir porque sabes te van a encontrar; tienes miedo, no solo por ti sino también por tus hijos e hijas, te sientes sola.  Te vinculas con asociaciones civiles y autoridades competentes y te mandan a un refugio, pero ¿qué es un refugio? Un refugio es un lugar que tiene la finalidad de proveer un espacio seguro a las mujeres que viven violencia, y prevenir futuros actos de violencia. Estos surgen como política pública resultado de la firma de Tratados Internacionales como la CEDAW (Convención sobre la Eliminación de todas formas de Discriminación contra la Mujer).

Si bien los beneficios de estos refugios y de los programas que permiten su existencia son evidentes para la mayoría de la población, la realidad es que hay grupos de personas (y en la actualidad van aumentando), que cuestionan su utilidad e incluso, la necesidad de que sean financiados con recursos del Estado. Muchos de sus alegatos, son mencionados de manera breve en un artículo relativamente antiguo de Weiner (1991) donde menciona que el financiamiento gubernamental para los refugios genera dependencia al gobierno, pérdida de autonomía, bajo involucramiento por parte del gobierno, captación de votos, burocracia, entre otros.

¿Y dónde quedó la evidencia?

Aunque el artículo de Weiner es una lectura coherente y propicia una reflexión interesante, no hay que olvidar que, lamentablemente, es una opinión. Su artículo no presenta estudios empíricos, o al menos no de una manera sistematizada, que permita apreciar que sus afirmaciones son ciertas. Esto es importante, porque cuando se toman decisiones sobre políticas que afecta el bienestar social, las opiniones tienen poca utilidad, y lo importante son los hechos. A nivel científico y práctico, los artículos de opinión (como el de Weiner) tiene poco que ofrecer en la solución de problemáticas como las que aquí se discuten. La alternativa a los artículos de opinión son las revisiones sistemáticas y los meta-análisis. En términos generales, una revisión sistemática es un tipo de estudio científico que buscar resumir varias investigaciones sobre un mismo tema para identificar consistencias en los resultados. Éstas pueden o no incluir un meta-análisis, el cual se caracteriza por ser un tipo de revisión sistemática que incluye análisis estadísticos de los análisis estadísticos de los estudios originales, lo que permite generalizar los resultados.

Gracias a los meta-análisis y revisiones sistemáticas hemos tenido grandes avances en política pública, salud pública o seguridad pública. Un ejemplo clásico (y desafortunado) de porqué no creer tanto en “opiniones de expertos” y sí en los meta-análisis, es el caso del pediatra Benjamín Spock. En la década de los 50, en su libro “Cuidado del Bebé y el Infante” (Baby and Child Care), que vendió más de 50 millones de copias entre 1950 y 1990, mencionaba que: “es preferible acostumbrar a los bebés a dormir boca abajo desde el inicio”. Durante el mismo periodo (1950 a 1990)  más de 100,000 muertes de infantes fueron registradas debido al Síndrome de Muerte Súbita Infantil (SMSI). A finales de ese período (en 1991), un par de investigadores que buscaban prevenir el SMSI realizaron un meta-análisis de sus factores de riesgo, en el cual encontraron que el SMSI disminuye hasta en un 50% cuando a los bebés se les acuesta boca arriba (Beal y Finch, 1991), contrario a lo que el “experto” Dr. Spock recomendó 40 años antes. A partir de esto, se crearon programas de política pública que recomendaban a los padres de recién nacidos dormir a sus hijos boca arriba. De esta forma la mortalidad por SMSI disminuyó.



Es por esto que me permitirán dudar de las razones que se brindan desde la “opinión de expertos” del porqué los refugios para mujeres que viven violencia no deben tener financiamiento público. Si entendemos la violencia como un problema de salud pública o incluso, como un problema de seguridad pública, es deber del estado realizar esfuerzos que permitan resolver este problema. Dicho esto, quizás la pregunta correcta sería: ¿Existe evidencia de que los refugios para mujeres  que viven violencia ayudan a atender el problema de la violencia de pareja? Porque si no existe tal evidencia, entonces tendría todo el sentido recortar o disminuir el financiamiento a programas que no muestren su efectividad. Ante esto, no queda más que revisar las revisiones sistemáticas y meta-análisis que existen al respecto.

La evidencia sobre los refugios para mujeres

En una revisión sistemática realizada por el Proyecto de Evidencia para la Violencia Doméstica (Domestic Violence Evidence Project), se revisaron 17 investigaciones que evaluaban los efectos en las usuarias del servicio, sobre el haber residido en un refugio para mujeres víctimas de violencia. Más allá de que todos los estudios mostraron altos porcentajes de satisfacción, el estudio se encargó de hacer énfasis en resultados más relevantes como el sentirse seguras, tener más estrategias para protegerse, la mejora de la autoestima, la disminución de la depresión, el conocer más sobre recursos disponibles, conocer a otras mujeres que viven o vivieron esa situación y que ofrecen apoyo social a las víctimas, así como el salir de la relación de abuso. La gran mayoría de estos estudios señaló un efecto positivo en todas estas variables en las mujeres que viven violencia que usaron los refugios; aunque también se identificaron algunos efectos negativos, como un pequeño porcentaje de usuarias que declararon que la violencia aumentó (menos del 10%), y, la principal queja sobre los refugios fue la falta de privacidad en los espacios. Por otro lado, no solo se encontraron efectos positivos para las mujeres, sino que también se observaron beneficios en sus hijos e hijas al aumentar su bienestar y mejorar sus estilos de afrontamiento, pues se ha asociado a una disminución de conductas agresivas para resolver problemas o situaciones conflictivas en las hijas e hijos. En gran parte es posible que estos beneficios se deban al apoyo que prestaba el staff, pues las usuarias reportaban sentirse escuchadas, no juzgadas, y se les daba atención terapéutica y asistencial. Además, estos resultados fueron consistentes en varios países como Canadá, Estados Unidos o Israel (Sullivan, 2012).

Otro estudio más riguroso, que incluye un meta-análisis de 10 estudios internacionales, encontró que las intervenciones llevadas a cabo dentro de los refugios (durante y después de la estadía), tienen resultados positivos. Se encontró que mejora la salud mental de las mujeres, disminuye el abuso y la violencia, y mejora su funcionamiento social (por ejemplo, tener apoyo social y la efectividad para obtener ayuda (Jonker et al., 2014). En general, se observa resultados consistentes sobre los beneficios de los refugios en al menos dos revisiones sistemáticas independientes realizadas de forma relativamente reciente.

Por su parte, otros estudios señalan que estos programas suelen ayudar a desarrollar una serie de actividades que favorecen el desarrollo de competencias, conocimientos y habilidades para lidiar con las situaciones de violencia en casa, tales como el proveer información, crear un plan de seguridad, desarrollar habilidades de autocuidado, generar un ambiente de empatía, apoyo y respeto, ofrecer consejería, incrementar el acceso a recursos y oportunidades en la comunidad (como el empleo), e incrementar el apoyo social y comunitario (Sullivan, 2018). Si bien, diversos programas para el apoyo de mujeres que viven violencia utilizan algunas o casi todas las actividades mencionadas, los refugios son especialmente importante para aquellas mujeres que no pueden acudir a otros lugares de apoyo, ya sea porque los desconocen, o bien porque no tienen los recursos para acceder a ellos (Sullivan, 2012).

En conclusión…

Así que en general, la evidencia señala los efectos positivos que tienen los refugios para mujeres que viven violencia. Beneficios que van desde el salir de la relación violentada, hasta efectos positivos en su salud mental. Además, los beneficios también se impactan en sus hijos e  hijas, y los resultados parecen ser extrapolables, pues se han encontrado resultados similares en diversos países. Tomando en cuenta su efectividad, y considerando a la violencia como un problema de salud y seguridad pública, no solo es ético que el gobierno provee financiamiento para ello, sino que podríamos decir que no hacerlo es totalmente irracional e irresponsable. Es necesario que las decisiones sobre el mantener o retirar el financiamiento gubernamental hacia esta tipo de programas estén fundamentadas en la mejor evidencia disponible, asegurando de esta manera, la adecuada utilización de los recursos públicos y los mejores resultados posibles para el bienestar de las mujeres que viven violencia.

Referencias

Beal, S. M., & Finch, C. F. (1991). An overview of retrospective case‐control studies investigating the relationship between prone sleeping position and SIDS. Journal of paediatrics and child health, 27(6), 334-339.

Jonker, I. E., Sijbrandij, M., Van Luijtelaar, M. J., Cuijpers, P., & Wolf, J. R. (2014). The effectiveness of interventions during and after residence in women’s shelters: A meta-analysis. The European Journal of Public Health, 25(1), 15-19.

Sullivan, C. M. (2012). Domestic violence shelter services: A review of the empirical evidence. Harrisburg, PA: National Resource Center on Domestic Violence.

Sullivan, C. M. (2018). Understanding how domestic violence support services promote survivor well-being: a conceptual model. Journal of family violence, 33(2), 123-131.

Weiner, M. H. (1990). From dollars to sense: a critique of government funding for the battered women's shelter movement. Law & Inequality, 9, 185-277.

sábado, 15 de septiembre de 2018

¿Qué sirve y qué no en la Intervención en Crisis?



Una crisis es un incidente crítico, inesperado, a menudo corto y amenazante que sobrepasa las capacidades de un individuo para responder forma adaptativa (Flannery y Everly, 2000). Estas crisis pueden ocurrir por varias razones, tales como desastres, actos de violencia, eventos que amenacen con la muerte o un serio daño a la integridad física de un individuo. Por tanto, la intervención en crisis, resulta en una forma de intervención psicológica caracterizada por proveer a las víctimas con cuidados psicológicos de emergencia, así como apoyarlas para regresar a niveles de funcionamiento adaptativos y prevenir o mitigar el potencial impacto negativo de un trauma psicológico.

Si bien, existen varios varios modelos de intervención en crisis, parece que existe un consenso en cuanto a los principios generales de la mayoría de los modelos, que consisten en: intervenir de forma inmediata, estabilizar, facilitar el entendimiento de lo ocurrido, enfocarse en la solución de problemas, y promover la autosuficiencia. Sin embargo, la realidad es que a pesar de ello, estos principios no necesariamente asegurar la efectividad de los modelos de intervención. Para asegurarse de ello, existe al menos dos aproximaciones: primero una buena evaluación a partir de un triaje (triage), y segundo, utilizar modelos de intervención en crisis basadas en evidencias.

¿Qué es una evaluación por triaje?

El triage o triaje, es un neologismo que simplemente quiere decir, clasificar o separar. Es muy similar a los modelos de emergencia de “colores” que utilizan los servicios de salud.

Triage del IMSS (México).
En su artículo de 2006, Myer y Conte comentan un método de evaluación tipo triage para casos de intervención en crisis que me parece especialmente bueno, conocido como TAS (Traige System Assessment). El modo (inicialmente propuesto por Myer y sus colaboradores), evalúa tres dominios: (1) Afectivo, (2) Conductual, y (3) Cognitivo.

En el primero dominio, basándose en extensos estudios de emociones asociadas a eventos de crisis, se propone la evaluación de tres reacciones principales: (1) Ira/Hostilidad; (2) ansiedad/miedo; y (3) tristeza/melancolía. Siendo los principales tipos de reacciones emocionales que manifiestan las víctimas de una crisis.

Por su parte, el componente dos, evaluar tres reacciones conductuales: (1) inmovilización, (2) evitación; y (3) abordaje. El primero, hace referencia a aquellas reacciones donde el individuo no reacciona, y queda en estado que le incapacita para realizar cualquier intento de resolver la crisis. El segundo, hace referencia a las reacciones de intentos proactivos de escapar o evitar los problemas asociados con la crisis. Finalmente, el tercer tipo de respuesta conductual, es el abordaje, donde se incluye los intentos proactivos para resolver los problemas relacionados con la crisis.

Finalmente, el dominio cognitivo también evalúa tres tipos de pensamientos concernientes a la crisis: (1) transgresión; (2) amenaza; y (3) pérdida. El primero, habla de la sensación de estar siendo víctima de una agresión o suceso contra la persona, cuyo evaluación es relacionada con el presente. El segundo, la amenaza, es una percepción de que algo puede ocurrir en el futuro o de forma potencial. Y el tercero, la pérdida, se percibe como un suceso del pasado, que deviene a la sensación de una pérdida irrevocable.

Sin embargo, aunque este modelo de evaluación es útil para identificar el dominio más apremiante que requiere la estabilización del paciente, lo cierto es que eso no quiere decir que el psicólogo o profesional de la salud podría realizar cualquier tipo de intervención. Es necesario la utilización de métodos y procedimientos que aseguren de alguna forma la probabilidad de tener éxito con el paciente.

Intervención en crisis basada en evidencia

¿Cuál modelo de intervención en crisis tiene mejores resultados? Para responder a ello, Roberts y Everly (2006) realizaron un meta-análisis de 36 estudios en intervención en crisis. A grandes rasgos, un meta-análisis es un tipo de estudio en el que se sintetizan los resultados de estudios previos para conocer si existen resultados consistentes y que provean evidencia de que un tratamiento o intervención funciona. Esto, mediante el uso de técnicas estadísticas que ayuden a ponderar los resultados de cada estudio en un único resultado final. Así, en vez de tener que leer 36 estudios de manera individual y llegar a conclusiones subjetivas, el meta-análisis de Robert y Everly ayuda a tener un único resultado donde se integren las muestras y resultados de los 36 estudios.



El análisis realizado por Robert y Everly, considera al menos tres categorías de intervención en crisis: (a) preservación de la familia, también conocida como intervención familiar en crisis en el hogar. El cual se provee en un periodo de aproximadamente 3 meses con un total de 8 a 72 horas de intervención total. (b) Intervención en crisis multisesión (durando alrededor de 4 a 12 sesiones); o Manejo de estrés de incidentes críticos multicomponente (CISM por sus siglas en inglés), también conocido como intervención en crisis grupal. Este último consistente en al menos tres sesiones que consideren entrenamiento pre-crisis (p. ej. inoculación de estrés), intervención grupal o individual justo después de la crisis; y consejería post-crisis un mes después. Y finalmente (c) sesiones individuales únicas o grupos de interrogatorio de crisis. Estás, pueden durar de 20 minutos hasta 2 horas.

Los resultados del meta-análisis de Robert y Everly señalan que las intervenciones que tienen un efecto más fuerte fueron las técnicas de preservación familiar. Con un 63.64% de los estudios que señalan un efecto fuerte. Por el contrario, las sesiones individuales o grupales únicas, mostraron un 66.67% de efectos bajos. En general, la gran conclusión por Robert y Everly señala el claro efecto positivo de las intervenciones en crisis en el hogar y que involucran a las familias. Se recomienda en general programas de intervenciones mayores a 8 horas basadas en el hogar; y con un periodo de intervención que vaya de 1 a 3 meses. Con un efecto relativamente menor pero igual de bueno, se encuentran el CISM, con un formato de sesiones que vayan de las 4 a las 12 sesiones de intervención. finalmente, las intervenciones individuales no parecen tener un efecto muy grande, aunque es posible que en ciertos casos (donde la intervención familiar, o las múltiples sesiones no sean posibles), sea la única opción. Sin embargo, la tasa de efectos positivos y fuertes es de solo el 16%, por lo que posiblemente se recomienda acompañarlo con otro tipo de intervenciones adicionales.

Conclusión

En general, la intervención en crisis es un método de intervención con un propósito bienintencionado, sin embargo, las buenas intenciones de los psicólogos no parece ser suficiente según la investigación. Por tanto, para una adecuada intervención, se recomienda primero realizar una evaluación tipo triage, que permita identificar las áreas que requieren atención, y el nivel de crisis del sujeto; y segundo, utilizar algún método de intervención que permita aumentar la probabilidad de éxito con el paciente, tales como las técnicas de preservación familiar o el CISM. Siguiendo estas recomendaciones, nos aseguraremos de realizar intervenciones en crisis basadas en evidencia, que nos permitan aumentar las posibilidades de mejores resultados.

Referencias

    ResearchBlogging.orgFlannery, R. B., & Everly, G. S. (2000). Crisis intervention: A review International Journal of Emergency Mental Health, 2 (2), 119-126 
    Myer, R. A., & Conte, C. (2006). Assessment for crisis intervention Journal of clinical psychology, 62 (8), 959-970 : 10.1002/jclp.20282 
    Roberts, A. R., & Everly Jr, G. S. (2006). A meta-analysis of 36 crisis intervention studies Brief Treatment and Crisis Intervention, 6 (1), 10-21 : 10.1093/brief-treatment/mhj006

viernes, 15 de septiembre de 2017

¿Cómo educar a un delincuente?: De la crianza a la delincuencia




Hace unos años tuve la oportunidad de involucrarme en el estudio de la violencia y la delincuencia. Por aquellos tiempos me topé con un proyecto de una profesora que se realizaba en una de las cárceles de mi estado. Participar en el proyecto de investigación sin duda fue una experiencia que marcó mi trayectoria profesional. Conocer delincuentes de todo tipo, y hacer entrevistas a profundidad con ellos era bastante atrayente. Sin embargo, conforme uno entrevistaba agresor por agresor, algunas situaciones eran bastante consistentes: uso de sustancias, un grupo de amigos que son mala influencia, y sobre todo una relación disfuncional con los padres. Recientemente, esto último ha vuelto a llamar mi atención al encontrarme con un artículo titulado La relación entre los estilos de crianza y la delincuencia: un meta-análisis” por Machteld Hoeve y sus colaboradores. Éste artículo aborda como los diferentes estilos de crianza que tienen los padres puede ayudar o bien impedir que los hijos se vuelvan delincuentes.


Para entender lo anterior previamente tenemos que estar familiarizados con los cuatro estilos de crianza que una madre o padre pueden tener: autoritario, democrático, permisivo y negligente. Sin duda el solo nombre de los estilos nos da una buena idea del tipo de padre que son. Los padres autoritarios son aquellos que son inflexibles con sus reglas, que crían hijos que deben ser obedientes y sumisos; en contraparte a éstos son los padres permisivos, padres que dan total libertad a sus hijos y que cuando rompen alguna regla -si es que las hay- no existen consecuencias por ello; los padres democráticos juntan lo mejor de los anteriores, padres que ponen límites pero que también dan libertad y flexibilidad cuando la situación lo amerita. Finalmente, los padres negligentes -sin duda el peor de la tipología- son padres que simplemente no prestan atención a sus hijos, como si la crianza no hubiera sido hecha para ellos.

Estos estilos bien diferenciados fueron propuestos por primera vez por la investigadora y psicóloga Diana Baumrid, que además de ser famosa por su tipología también lo fue por alzar la voz por las implicaciones éticas del controversial estudio de obediencia de Stanley Milgram (el cual valdría la pena comentar en futuras entradas). Baumrid, una mujer interesada por la psicología del desarrollo y por la moral de los propios psicólogos, es un personaje importante en la psicología. En una era en la que la psicología era dominada por hombres como Milgram, Asch o Skinner, esta mujer contribuyó a la ciencia de la psicología de forma equiparable a sus congéneres masculinos. Entre la década de los 60 y 70 Diana Baumrid realizó una serie de estudios que le permitió identificar las tipologías antes mencionadas. En 1971 publicó posiblemente uno de los estudios más citados en psicología[1] , explicando los métodos y técnicas empleados para obtener las tipologías. La metodología utilizada por Baumrid si bien es extensa, resulta también sencilla y elegante. Baumrid utilizó más de 100 familias y niños a los cuales, entrevisto sobre sus prácticas de crianza, y contrastó con observaciones detalladas para verificar que lo reportado por ellos coincida con la realidad. A partir de estas entrevistas y observaciones, y recolectando una serie de variables por medio de un instrumento diseñado para el estudio, pudo asociar distintos tipos de comportamientos con las tipologías antes mencionadas a través de una técnica conocida como “análisis de congloremados”. El análisis de conglomerados permite buscar grupos de sujetos que comparten características similares entre sí, formando pequeños grupos o “conglomerados” de sujetos. Fue a partir de esta metodología que Diana Baumrid pudo obtener sus cuatro estilos de crianza parental. Si bien algunos textos mencionan que fueron Maccoby y Martín quienes propusieron el estilo “negligente” en 1983, lo cierto es que Baumrid ya lo había identificado 11 años antes en su estudio de 1971.

Ciertamente el legado de Diana Baumrid sigue vigente hasta nuestros días. Resulta imposible buscar algún artículo sobre crianza parental que no aborde -aunque sea de forma breve- la tipología propuesta por ella. Entre las líneas de investigación más frecuentes que hacen uso de ésta tipología destaca su relación con la delincuencia juvenil, en donde los resultados son bastantes consistentes a través de diversas metodologías y poblaciones: el democrático es el mejor estilo de crianza, y el peor: el negligente, seguido por el permisivo. Pero ¿A qué se debe esto? ¿Qué hacen algunos padres que sus hijos terminan siendo delincuentes y que hacen los otros que no? Lo cierto es que es un poco difícil responder esta pregunta debido a la variedad de metodologías utilizadas en los estudios, así como por la sobresimplificación que ha tenido en décadas recientes la tipología de Baumrid. Los estilos democrático, autoritario, permisivo y negligente son meros arquetipos. Sería bastante difícil encontrarnos con una familia cuyos padres cumplan al cien por ciento las características de una sola tipología. Mis padres por ejemplo han sido tanto democráticos como autoritarios dependiendo de la situación, la edad o incluso del hijo. Y eso me lleva a retomar uno de los ejes analíticos que retoma el estudio de Hoeve que menciono al inicio del artículo: que las tipologías propuestas por Baumrid se logran gracias a la combinación de otras dos variables: el apoyo y el control.

El apoyo y el control son dos variables que, a través de su interacción, permiten obtener distintos tipos de crianza. Ambos, siendo variables representables en un continuo, es decir, puede haber poco apoyo o mucho apoyo, y poco control o mucho control. El apoyo podríamos definirlo como la capacidad de los padres de responder antes las necesidades de los hijos, prestar atención, ser cálidos y afectuosos. Por su parte el control hace referencia a las exigencias o demandas que los padres tienen hacia los hijos, que en el mejor de los casos éste control podría estar orientado hacia las metas de los hijos, o en el peor hacia las metas de los padres (“aquí se hace lo que yo digo”). Según Hoeve la interacción entre el control y el apoyo da como resultado las diferentes tipologías: mucho control y poco apoyo da como resultado padres autoritarios; poco control y mucho apoyo los permisivos; mucho control y apoyo los democráticos; y poco control y apoyo los negligentes. Es por ello que los padres pocas veces pueden ser encasillados en alguna tipología en particular, ya que constantemente se están moviendo entre el continuo de mucho-poco apoyo y de mucho-poco control. Aunque seguramente preferirán algún aspecto del continuo y la interacción que les ha dado mejores resultados con sus hijos. Sin embargo, hay que mencionar que Diana Baumrid ¡Ya había anticipado lo anterior!, de hecho, su tipología se basa en un análisis de conglomerado de las variables que miden apoyo y control, y que incluso -como ella misma menciona en su artículo de 1971- se basaba en el tratado de otro investigador: Schaefer, cuyo estudio en éstas dos dimensiones de apoyo y control fue publicado en 1965.

A pesar de que la propuesta de Hoeve en su meta-análisis simplemente consiste en retomar ejes analíticos propuestos previamente por Schaefer y Baumrid, su artículo tiene un valor significativo: integra una serie de estudios sobre un mismo tema para buscar consistencias en sus resultados. Lo anterior puede hacer a través de dos métodos bastante utilizados: las revisiones sistemáticas y los meta-análisis. Los primeros siendo más cualitativos, y los segundos aplicando técnicas cuantitativas al análisis de los resultados. Éstas técnicas son especialmente importantes en ciencia, ya que permiten integrar los resultados de diferentes estudios para encontrar consistencias en los resultados. Es por ello que resulta importante el esfuerzo de Hoeve para identificar que prácticas realizan los padres de jóvenes delincuentes que son diferentes a la de los padres de jóvenes no delincuentes a través de un meta-análisis. A través del análisis de 161 investigaciones acerca de estilos de crianza y delincuencia, fue que Hoeve pudo identificar qué patrones relacionados con el apoyo y el control están asociados con padres de jóvenes normales y que contrastan con los de los padres de delincuentes juveniles. Pudo identificar que, en cuanto al apoyo, las conductas y malas prácticas que están relacionadas con la delincuencia son la negligencia (no prestar atención al hijo, evitarlo), la hostilidad hacia los hijos (manifestar su enojo contra ellos, hacerlos sentir como una molestia, una fuente de irritación o ser sarcástico con ellos), y el rechazo. Con respecto a la dimensión de control, una supervisión pobre (no saber qué hace o con quién está), demasiado control psicológico (usar la culpa como una forma de control), y la sobreprotección también estaban asociadas con la delincuencia. Otras conductas como tener una disciplina consistente o una comunicación abierta con el hijo, contrario a lo que se creería, no tuvieron relación alguna, o bien su relación fue débil.

Gracias al estudio de Hoeve, ahora tenemos una idea más clara de porque el estilo de crianza democrático está relacionado con una baja delincuencia. Ciertamente los padres de los delincuentes que entreviste mostraban conductas como negligencia y poco control sobre sus hijos, los cuales se vieron obligados a buscar apoyo y atención de amigos con actitudes que favorecían la delincuencia y criminalidad. Así que si usted quiere -por alguna extraña razón- criar a un delincuente tenga en mente lo siguiente: no le preste atención ni los escuche, no les brinda apoyo cuando lo necesiten, hágalos sentir como un estorbo, ignore donde y con quien están, y use la culpa para controlar -si es que desea controlarlos.


Notas

[1] Tan solo en Google Académico, el artículo reporta haber sido citado por 6,292.

Referencias:

Hoeve, M., Dubas, J. S., Eichelsheim, V. I., Van Der Laan, P. H., Smeenk, W., & Gerris, J. R. (2009). The relationship between parenting and delinquency: A meta-analysis. Journal of abnormal child psychology, 37(6), 749-775.

Baumrind, D. (1971). Current patterns of parental authority. Developmental psychology, 4(1p2), 1-103.

sábado, 2 de mayo de 2015

¿Cómo evitar que mi hijo sea un delincuente?: La relación entre la crianza y la delincuencia


Quizás uno de los temores más grandes que pueda tener los padres es el hecho de que su hijo se vuelva un delincuente. Ciertamente ellos hacen todo lo posible para tener hijos respetuosos, productivos y valiosos para la sociedad. Y cada vez es más común adjudicarles la responsabilidad a los padres por los comportamientos antisociales de sus hijos, especialmente cuando más pequeños son. Incluso en algunas ciudades de los padres pueden recibir castigos o multas por los actos antisociales y vandálicos que realizan sus hijos (Dundes, 1994; Bessant y Hill, 1998).

Si bien, de forma popular creemos que el vínculo entre la crianza parental y la delincuencia juvenil es más que evidente, es necesario contar con evidencia científica que demuestre tal relación. Afortunadamente, Hoeve y sus colaboradores (2009) hicieron ésta tarea al analizar más de 200 estudios al respecto y resumir sus hallazgos en un interesante estudio meta-analítico que podemos encontrar forma gratuita en el Journal of Abnormal Child Psychology.

En su artículo, hablan sobre los estilos de crianza parental que propuso Baumrind (1971) y que seguramente ya conocen si han tomado alguna plática sobre crianza con prácticamente cualquier psicólogo. Baumrind nos habla de tres estilos de crianza: el permisivo (aquel padre o madre que deja que sus hijos hagan todo lo que quieran), el autoritario (aquellos padres que tienen exigencia y control cuasi-militar con sus hijos), y el democrático o autoritativo (aquel que concilia entre las exigencias que tiene como padre y las necesidades de sus hijos). Sin embargo, la crianza parental va más allá de esta simple tipología que alguna vez le platicaron y es una de las razones por las que me fascinó el artículo de Hoeve y sus colegas, ya que realiza un análisis más allá de las tipologías.

Hablar de estas tipologías es sencillo, imaginar cómo sería un padre según éstos estilos de crianza es pan comido. Pero si algo tiene la vida, es que odia la sencillez. En mí no muy larga experiencia implementando programas de prevención, he visto cómo consistentemente se les habla a los padres sobre estos estilos de crianza e invariablemente se les pide que traten de identificar cuál de ellos son. Precisamente en este punto es donde se complica la tarea, muchas veces los padres tienen ciertas características de varios estilos de crianza. Incluso a mí misma madre no sabría en cuál categoría ubicarla. Ahora bien, ¿Si son estilos de crianza bien estudiados, por qué se complica su aplicación? La respuesta sencilla, es porque la conducta humana es demasiado compleja. Es como pedirle a alguien que organice todo por colores básicos: Rojo, Amarillo o Azul. Quizás algunos objetos sean sencillos de ubicar, pero si de pronto tenemos algo Naranja, ¿Dónde lo ubicamos?

Una forma de analizar los estilos de crianza es haciendo una analogía, precisamente, con estos colores primarios. Veamos a estos estilos de crianza como los colores que se obtiene luego de combinar los colores básicos. En este sentido Hoeve y sus colegas encontraron dos “colores básicos” (dimensiones): el apoyo y el control. La combinación de las dos dimensiones básicas da como resultado las tipologías que creó Baumrind. Pero antes de explicar cómo se combinan explicaré como se conceptualizan están dimensiones.

El apoyo, que en algunos artículos encontrarán como calidez, sensibilidad, o aceptación, se refiere a las actitudes y comportamientos que tienen los padres al responder ante las necesidades de los hijos de forma cálida y afectiva. Esta dimensión es además unidimensional, es decir, va de cálido a frío, o de aceptación a rechazo. Es un continuo.

El control por otra parte, hace referencia a las exigencias o demandas de los padres hacía los hijos. No es unidimensional. Se puede clasificar según su orientación o por su forma de expresión. Según su orientación, puede ser un control orientado hacia las metas del hijo, siendo un padre que brinda información y estimula la respuesta de los hijos; o bien orientado hacia las metas de los padres, con una disciplina firme y restrictiva, aquella de que “aquí se hace lo que yo digo”. Según su forma de expresión puede ser un control conductual, donde se imponen reglas, se monitorea las actividades del hijo, se tiene una disciplina consistente; o bien un control psicológico, donde se usan el afecto y atención como formas de castigo para el hijo, como aquellos padres que ignoran a sus hijos o les “retiran” el afecto cuando están molestos con ellos. Es en este punto donde encontramos el vínculo entre la crianza y la delincuencia: las malas prácticas en el control conductual se ha relacionado efectivamente con problemas conductuales, y malas prácticas en el control psicológico con problemas emocionales.

Figura 1. Dimensiones de Crianza Parental (Elaboración propia).


Entonces, tal como les mencionaba con anterioridad, la combinación de éstas dimensiones, da como resultado las tipologías propuestas por Bamrind: un control y apoyo alto da como resultado el estilo de crianza democrático (el estilo de crianza que todo padre quisiera y debería procurar). Un control alto pero poco apoyo da como resultado el autoritario. Un apoyo alto pero bajo control resulta en un estilo permisivo. Y finalmente un bajo control y apoyo da como resultado un estilo de crianza negligente (una cuarta tipología que no siempre se enseña o se toma en cuenta). Lo anterior explica bien por qué algunos padres no pueden ser clasificados fácilmente en alguna de las tipologías de Baumrind, ya que algunos padres podrían estar en un nivel medio en algunas de las dimensiones. Pero entonces llegamos a la siguiente pregunta: ¿Cómo manifestar o poner en práctica conductas donde se demuestre ese control o apoyo? El estudio Hoeve y colaboradores resulta útil en este análisis.


Tabla 1. Estilos de crianza resultantes de la combinación de las dimensiones de apoyo y control (Elaboración propia).

Resulta que en éste estudio, Hoeve no sólo identifico los estilos y dimensiones que los componen, sino también aquellas conductas asociadas a esas dimensiones. Éstas conductas son varias, sin embargo, lo valioso es que identificó aquellas que están plenamente relacionadas con a la delincuencia. Del análisis se concluyó que en cuanto a la dimensión de apoyo, las conductas y malas prácticas que están relacionadas con la delincuencia, son la negligencia (no prestar atención al hijo, evitarlo), la hostilidad hacia los hijos (manifestar su ira contra ellos, hacerlos sentir como una molestia, una fuente de irritación o ser sarcástico con ellos), y el rechazo. Con respecto a la dimensión de control, una supervisión pobre (no saber qué hace o quien está), y demasiado control psicológico (usar la culpa como forma de control) y la sobreprotección también se asocia a problemas con la delincuencia. Otras conductas como el tener una disciplina consistente o una comunicación abierta con el hijo no tuvieron relación alguna o bien, su relación fue débil.

Otro hallazgo interesante es la interacción de estas prácticas con el sexo de los padres y de los hijos, ya que son más significativos cuando la relación se da del padre al hijo, o de la madre a la hija. Si tomamos en cuenta que la delincuencia juvenil es más frecuente en hombres, este hallazgo revela la importancia de la participación del padre en la crianza y no solo de la madre.

Estos resultados son sumamente valiosos tanto para la prevención como con la intervención en la delincuencia juvenil. Podemos utilizarlos al diseñar programas de prevención orientados a desarrollar habilidades adecuadas de crianza parental. Técnicamente estos proyectos estarían basados en enseñarle a los padres dos cosas: 1) la importancia de escuchar y responder ante las necesidades de los hijos: ser un apoyo cuando lo necesite, y saber que cuenta con los padres; y 2) monitorear a los hijos: supervisar qué hace, cómo le va en la escuela, con quién se lleva, a dónde va. Esto último, tanto activamente (preguntando y averiguando deliberadamente) como pasivamente (escuchando cuando el hijo platica de lo que hace, de sus amigos, a dónde va o fue, etc.). Y por supuesto, sin olvidar la importancia de involucrar no solo a las madres en el proceso, sino también a los padres.

En resumen, podemos concluir que sí existe una intrincada relación entre la crianza y la delincuencia juvenil, y que está relacionada con la calidez y apoyo que brindan los padres, pero también con el control y monitoreo que tienen de sus hijos. Enseñándole a los padres a reforzar estas dos dimensiones y realizando estás prácticas (de una forma más sistematizada por supuesto), seguramente incidirá en disminuir las probabilidades de que los hijos se vuelvan delincuentes. Y es que no cabe duda de la posibilidad de utilizar esta relación para diseñar pláticas y programas que ayuden a los padres a mejorar ciertas habilidades parentales, que eviten que los hijos realicen actos delictivos. Pero mientras esto sucede, ya sabe qué hacer: sea cálido con su hijo, escúchelo, cuando le pida ayuda bríndesela, si no puede explíquele porque no puede, para que no lo interprete como un “no quiero”; y sobre todo: vigílelo. Conozca a sus amigos, qué le gusta, qué hace después de clases, con quién y dónde está. Seguramente sus hijos le agradecerán haber realizado estas pequeñas prácticas, y mejor aún, seguro intentarán ser como usted cuando tengan que criar a sus propios hijos.

Referencias


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