Mostrando las entradas con la etiqueta Delitos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Delitos. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de octubre de 2018

Intervención en Crisis con Victimas de Delitos




La victimización entendiéndola como el proceso por el cual una persona sufre las consecuencias de un hechos traumático (Tamarit Sumalla, 2006)genera un gran impacto en la víctima, quien es la persona que sufre malestar emocional a causa del daño intencionado provocado por otro ser humano (Echeburúa & de Corral , 2007) en su sentido estricto. Ante esto, se puede encontrar a víctimas con varios recursos personales quienes pueden hacer frente a sucesos traumáticos o a víctimas más vulnerables, en las cuales los procesos de victimización generan más impacto. Ante ello, una intervención en crisis oportuna y adecuada ayuda a mitigar el daño posible a futuro

Pero ¿qué es una intervención en crisis?

 La intervención en crisis es “Un proceso de ayuda dirigida a auxiliar a una persona o familia a soportar un suceso traumático de modo que la probabilidad de efectos negativos como daños físicos o emocionales se aminore y la probabilidad de crecimiento se incremente" (Slaikeu, 1996).

En cuanto a la intervención en crisis se puede diferenciar dos niveles principales, el primero se denomina Primera Ayuda Psicológica o Primeros Auxilios Psicológicos cuyo objetivo es restablecer el enfrentamiento inmediato, este se da en las primeras 72 horas después del suceso y busca: 1) Proporcionar apoyo con la premisa de que es mejor para las personas no estar sola en tanto soportan cargas extraordinarias. 2) Reducir la mortalidad y prevención del daño físico durante la crisis (tomar medidas para para hacer mínimas las posibilidades destructivas y desactivar la situación) y 3) Proporcionar enlace con fuentes de asistencia (Slaikeu, 1996).

Al respecto es importante mencionar que este tipo de intervención lo puede realizar cualquier tipo de persona no profesional de la salud mental (Echeburúa & de Corral , 2007), siempre y cuando tenga la preparación y el entrenamiento específico para ello.

Los componentes de los primeros auxilios psicológicos son los siguientes:
1.      Realizar contacto psicológico
2.      Analizar las dimensiones del problema
3.      Sondear posibles soluciones
4.      Asistir en la ejecución de pasos concretos
5.      Y seguimientos para verificar el proceso

En el segundo nivel se encuentra la Intervención de Segunda Instancia o también conocida como Terapia para Crisis; la cual se refiere a un proceso terapéutico breve que va más allá de la restauración del enfrentamiento inmediato y se encamina a la resolución de crisis, es decir, asistir a la persona de manera que el acontecimiento se integre a la trama de la vida. La intervención puede durar de semanas a meses. Las personas que llevan a cabo la terapia son psicoterapeutas y el ambiente en el que se realiza la intervención debe ser un espacio ideal para terapia (Slaikeu, 1996).

El proceso de victimización  crea un episodio traumático, una crisis (Bernal Quiñones, 2015), es decir, una persona que es víctima de un delito, pasa por una serie de emociones intensas las cuales pueden llegar sobrepasar los recursos personales. Por ello el apoyo indicado en estas primeras 72 horas a una víctima de un delito puede ser fundamental, ya que se encuentran en un estado de vulnerabilidad.

En este tiempo, la mayoría de las victimas suele estar en contacto con diversos profesionales, quienes pueden ser los primeros al llegar al lugar de los hechos, como un policía, paramédico, criminalista; o cuando ésta acuda a poner su demanda, dentro de los que pueden ser administrativos, trabajadores sociales, profesionales del derecho, criminólogos, psicólogos, o cualquier otro personal que este en contacto con la víctima.

Al ser de los primeros contactos deben recibir capacitación y estar preparados en técnicas de intervención en crisis en su modalidad primera ayuda psicológica, estos profesionales, tales como policías, profesionales del derecho, de trabajo social e incluso personal administrativo que trabaja en estos ámbitos, deberán contar con ciertas características personales, como por ejemplo, poseer habilidades sociales, conocer e identificar estrategias adecuadas para intervenir según la persona y tener un buen control del estrés (Lorente Gironella, Font Mayolas, & Villar Hoz, 2005), es decir, saber manejar sus emociones con respecto a las emociones de los demás.

Sobre todo porque hay momentos en una persona en crisis  o que ha vivido un suceso traumático, donde se pueden disparar las emociones ante ciertos estímulos, como por ejemplo la toma de la denuncia o en una reconstrucción de hechos. Además hay que tomar en cuenta que no siempre es sencillo predecir la reacción de un ser humano ante un acontecimiento traumático, hay personas que son muy sensibles, las cuales están predispuestas a tener respuestas más exageradas e intensas que otras ante un mismo suceso (Echeburua, Amor, & de Corral, 2006).


Un intervención y canalización correcta puede incluso evitar una re-victimización, la cual es toda acción que empeora el estado físico y/o psicológico de la víctima cuando esta busca ayuda y se relaciona con el sistema legal (Tapias , 2015). Al momento de realizar la intervención en crisis, es importante que el personal también conozca el contexto en el que se desenvuelve, saber del proceso penal para una adecuada canalización o en su caso poder entender lo que la persona expresa o desea realizar, así como de igual manera se evite afectar el testimonio de la víctima.

En este sentido y como conclusión, el personal que trabaja con víctimas del delito y es un primer contacto, debe contar con conocimientos no solo de intervención en crisis sino también, conocimientos del proceso judicial, del derecho, de la psicología de testimonio y los procesos mismos de su institución, esto con el fin de estabilizar a la víctima,  cuidar su testimonio, lograr una efectiva canalización a las instancias tanto jurídicas como psicológicas y por ende evitar una re victimización.

 Referencias
Bernal Quiñones, G. (2015). Intervención con víctimas desde la psicología jurídica, criminológica y derechos humanos. En A. Tapias, Victimología en América Latina: Enfoque psicojurídico (págs. 99-132). Bogota: Ediciones de la U.
Echeburúa, E., & de Corral , P. (2007). Intervención en crisis de suscesos traumáticos: ¿Cuando, cómo y para qué? Psicología conductual, 15(3), 373-387.
Echeburua, E., Amor, P., & de Corral, P. (2006). Asistencia psicológica postraumática. En E. Baca Baldomero, E. Echeburúa Odriozola, & J. Tamarit Sumalla, Manual de Victimología (págs. 285-306). Mérida: Tirant Lo Blanch.
Lorente Gironella, F., Font Mayolas, F., & Villar Hoz, E. (2005). La formación en primeros auxilios psicológicos y emergencias en el título de grado en psicología. Revista de Enzañanza de la Psicología:Teoría y Experiencia, 1(1).
Slaikeu, K. (1996). Intervenión en crisis: Manual para p´ractica e Investigación (2da ed.). México: Manual Moderno.
Tamarit Sumalla, J. (2006). La victimología: Cuestiones conceptuales y metodológicas. En E. Baca Baldomero, E. Echeburúa Odriozola, & J. Tamarit Sumalla, Manual de Victimología (págs. 17-50). Valencia : Tirant Lo Blanch.
Tapias , A. (2015). Aproximación a la victimología desde la psicología juridica. En A. Tapias , Victimología en america Latina: Enfoque psicojurídico (págs. 39-67). Bogota: Ediciones de la U.
 .

sábado, 5 de septiembre de 2015

Política Criminológica y sus Aportes para la Atención de la Criminalidad de la Sociedad Posmoderna


John Gray (2000) dijo que “Lo que convierte el siglo XX en especial no es el hecho de haber estado plagado de masacres, sino la magnitud de sus matanzas y el hecho de que fuesen premeditadas en aras de proyectos de mejora mundial”. 

El artículo que analizaré esta semana se denomina Análisis Crítico de la Política Penal y Criminológica  está muy relacionado con la frase anterior, pues comienza haciendo un repaso y contextualización de la importancia que tiene observar y analizar los acontecimientos históricos que han ocurrido a nivel mundial y de cómo, los hechos delictivos se han vueltos cada vez más globales y crueles, pues somos sociedades que no pueden pretender desaparecer el delito, ya que podría decirse que el delito es parte de la sociedad y la ayuda a evolucionar y unirse, al menos para demostrar el descontento de que exista. 

Es en este punto reflexivo enmarcado en la actual “posmodernidad”, en donde la Criminología se convierte en una ciencia social, que puede brindar herramientas para entender, pues es una ciencia que pretende realizar un análisis desde lo ético-político-filosófico; son la Criminología, y  la Política Criminológica las que permitirán estudiar y enmarcarlas reflexiones en torno al problema de la justicia. Sin embargo, es el enfoque de la Criminología Crítica, quien brindará una perspectiva acorde a la posmodernidad, para dar una respuesta, reacción y resistencia a la injusticia, como la polarización social, la pobreza y miseria económica, la corrupción, la impunidad, la deshonestidad y la violación a todos los derechos humanos en general. 
Es en este sentido que la criminología nos invita a ver al crimen y el castigo desde una perspectiva histórica, pues nos permite observa la evolución de ambos aspectos legales de la sociedad. Pues el castigar a los hombres por los propios hombres, constituye un acto que ha acompañado a las sociedades desde el  momento en  que se convirtieron en una. Es así como durante los inicios de la sociedad las leyes y reglas se generaron para mantener a los miembros de la sociedad en armonía, pretendiendo que todos aquellos dentro del mismo sistema sean juzgados de la misma forma, sin la división de niños, mujeres, o locos. Es durante la edad media que podemos ver los grupos vulnerables como seres que incluso eran honrados y su sacrificio tenía un fin. Sin embargo, es durante la ilustración en la que los hombres se cuestionan su propia humanidad y el derecho que les otorgaba serlo. Es aquí donde se hace una distinción entre lo que es propio y valorado del hombre, y lo que debe ser castigado: todo aquello fuera de la humanidad. Es aquí donde los criminales comienzan a ser castigados y rechazados, tomando el lugar que se consolidará durante el capitalismo, en el que los criminales deben ser castigados con penas severas pues son hombres sin humanidad y son  aborrecibles para la propia sociedad. 
Durante el capitalismo tardío  el criminal y el crimen, comienzan a ser vistos como un problema por la política y la ciencia que busca estudiarlos para eliminarnos, olvidando que son aspectos totalmente intrínsecos de la sociedad. Es en estos discursos que el criminal es visto como el anormal que debe ser reinsertado en la sociedad después de cumplir una pena por su delito, sin embargo, esta visión se aplica solo con aquellos criminales cuyos hechos delictivos son relacionados directamente con crimines impactantes como homicidio o violación, dejando de lado aquellos como los criminales de cuello blanco, que afectan a la sociedad desde dentro, en una forma muchas veces invisible pero efectiva. Si la anterior es la única visión que  guía el estudio del crimen, estaremos limitando el alcance del mismo,  convirtiendo al criminal y a la sociedad un fenómeno corto, que solo mira al criminal como desviado y que no ofrece  alternativas para intervenir, más que castigar y encarcelar. 

La necesidad de los miembros de la sociedad es lo que ha permitido que la prevención del delito (en lugar de una estrategia a favor de la seguridad y estabilidad de la ciudadanía) se  convierta en un elemento efectivo de las políticas públicas, en las que es el Estado es quien privatiza y la utiliza. Por su parte, la Criminología se ha convertido en la herramienta a utilizar para vender seguridad y hacer de un deber del estado, un negocio lucrativo y que se aprovecha de la necesidad de conservación de las personas. La criminología y las políticas criminológicas de seguridad pública provienen de este sistema de producción y reproducción que intentan fabricar seguridad, una seguridad que se desplaza de objeto sin atacar las causas que lo producen. Con esta realidad se dilucida un problema que aqueja a las instituciones de procuración de asistencia y seguridad pública, y consiste en que a las personas no les importa la seguridad en-si-misma, sino su derecho a la seguridad.

Es por esto que la Política Criminológica debe ver más allá de la simple necesidad de sentirse seguro, pues debe comprender el contexto, la realidad, la economía y todos los aspectos que interviene en la dinámica de una sociedad, siendo la finalidad la disminución de la delincuencia, pues una buena política criminológica entiende que el crimen no será eliminado y que además busque estrategias que no se dimiten al castigo y encarcelamiento de los criminales, pues ellos son solamente una cadena del conflicto real. Los sistemas sociales cada vez más cerrados y en constante expansión, coartan y limitan drásticamente el campo de acción de las personas, su autonomía se ve reducida y disminuida por el constante control y vigilancia de las instituciones públicas y privadas, aspectos contra los que deben luchar las Políticas Criminológicas para tener éxito. 

Uno de los aspectos más importantes que una Política que intente ser realmente criminológica, debe ser tomar en cuenta a aquellos que han sido marginados y estigmatizados como criminales y su par, las víctimas o grupos desfavorecidos, por lo que se debe intentar cambiar y transformar el sistema penal por medio de políticas inclusivas y tolerantes, para que disminuyan los efectos estigmatizadores que este engendra.

Las políticas de seguridad pública deben dirigirse  a disminuir los índices de desconfianza que la ciudadanía proyecta sobre las instituciones sociales que regulan y distribuyen los derechos y deberes fundamentales. Y a su vez, tienen que reducir las desigualdades económicas y sociales para el beneficio de los desfavorecidos que conforman la mayoría marginada. El interés de estas políticas debe estar dirigidos a estas “minorías” que se ven afectadas por la mala distribución de riquezas y gratificaciones sociales. El desarrollo de políticas de igualdad, democráticas, de participación ciudadana, que guarden un sentimiento de solidaridad y de comunidad, que de alguna manera, puedan producir las condiciones necesarias para la superación de las relaciones sociales que el capitalismo avanzado reproduce, tienen que ser las tareas principales que las instituciones sociales de procuración de seguridad y justicia.

Estas políticas criminológicas de seguridad pública tienen que producir un cambio sustancial en las subjetividades colectivas, en todo el inconsciente colectivo. En este sentido, no se trata de cambiar o convertir al delincuente, criminal o desviado, a la lógica de la sociedad, sino, de cambiar a la sociedad a la lógica del criminal. No se trata de una asimilación “forzada” que el criminal tiene que realizar, sino de un compromiso y sentido de responsabilidad que la sociedad tiene generar, producir y reproducir constantemente. En esto reside gran parte de la participación ciudadana, en el sentido de responsabilidad y compromiso. El cual reproduce el tejido societal fortaleciéndolo y haciéndolo más flexible, asimilando nuevas formas de expresión y cohesionándose frente acciones que lo degeneren


Conclusión 

En esta lectura se expusieron puntos importantes sobre la visión del crimen y el criminal desde una perspectiva histórica, señalando como la posmodernidad se ha convertido en una época de cambios, en las que ambas guerras mundiales provocaron profundas presiones en la humanidad y sobre todo preocupación, pues la crueldad humana fue evidente, y aunque se tomará como en “pro del avance” la realidad es que, la criminalidad de dichos actos es totalmente incuestionable. Desde el recorrido histórico de la criminalidad y las acciones humanas para controlarla, se expuso la evolución del crimen y la seguridad, dejando claro que durante el medievo, la sociedad aceptaba y miraba a los criminales como una parte intrínseca del sistema, lo que cambio con el nacimiento de la ilustración, momento en el que un concepto tan antiguo cambio y se asoció con algo que debe atacarse, que no es humano y que debe castigarse, separando de “nosotros” a “ellos” que esta locos o son criminales, dejándolos de lado, como seres sin humanidad. 

Es durante el nacimiento e instauración del capitalismo, en el que se encrudece esta visión, aplicando penas y castigos que atentan contra la integridad de los criminales. No es hasta la modernidad y posmodernidad, que se replantean aspectos sobre la realidad que se vive, en la que aquellos interesados pueden abrir los ojos para observar la realidad de inseguridad que el mundo vive. Es mediante la criminología y la política criminológica que se puede encontrar una solución a los vicios arrastrados, en los que el criminal era castigado con encierro, sin siquiera entender y comprender el contexto. 

En este sentido son las políticas criminológicas, aquellas que pueden ofrecer una alternativa a solucionar el problema de la desarticulación de la sociedad con la seguridad y el Estado sobre la toma de decisiones más acertada acerca de la realidad de la sociedad, a la que le deben esa sensación. Estas políticas pretenden utilizar su conocimiento del contexto para entender cada componente de la dinámica que articula una sociedad y de cómo el crimen y la criminalidad son entendidas dentro de la misma. Esta visión contextual permitirá crear las estrategias más adecuadas para intervenir, y si bien, no erradicar por completo el delito, si disminuirlo para brindar un estadio de seguridad y protección, que las sociedades posmodernas no perciben o, en determinados casos, niegan su existencia y utilizan alternativas que comercian con dicha percepción, como la seguridad privada. 

Otro aspecto interesante, es que la sociedad y las políticas criminológicas, deben considerar no solamente el contexto, la pena o el delito, sino más bien, deben enfocarse en el tratamiento de aquellos que cometieron las infracciones contra la seguridad de uno o varios individuos. El problema del qué hacer con los criminales ha sido discutido, convirtiéndolos en un grupo marginado y estigmatizado por toda la sociedad; la cárcel los aparta, dejando de estar en el nosotros de la comunidad. Es en este aspecto que la política criminológica debe intervenir, pues los criminales, en la mayoría de sus casos, no estarán toda su vida dentro de un sistema penitenciario, por lo que al salir, se convertirán en personas rechazadas, sin oportunidad y cuya única forma de sobrevivir será volver a delinquir. La visión de generar Políticas Públicas para este sector, deben estar dirigidas para asegurar la reinserción y reintegración de los criminales a la sociedad.

Finalmente, el artículo plantea a la Política Criminológica como un solución efectiva, sin embargo, al tomar decisiones como la generación y aplicación de dichas políticas, debe estarse consiente todo el tiempo, de que no funcionarán por sí mismas, un acercamiento como esta, necesita de la cooperación del gobierno, sociedad y sector privado, pues la colaboración conjunta, permitirá aplicar las medidas y estrategias de forma afectiva y fluida; si existe algún obstáculo desde alguna de estas tres fuentes, las políticas fracasarán y estaremos estancados en procesos de “prevención” del delito, que solamente atacan el síntoma y no el verdadero problema, la seguridad y justicia en la sociedad.


ResearchBlogging.org Aguilera Portales, R. y González Cruz, J. (2010). Análisis crítico de la política penal y criminológica en la sociedad posmoderna. Revista de criminología, 21, 59-81

sábado, 4 de julio de 2015

Conductas Violentas y el Trastorno de Personalidad Narcisista con Rasgos Paranoides

El estudio de la violencia y la delincuencia ha sido abordado desde diversos enfoques, algunos de ellos, se enfocan en saber si existe una relación o no entre los factores de personalidad y las conductas violentas, incluyendo el delito, por lo que  diversos investigares se han centrado en tratar de identificar la relación entre estas variables.

Lo que se ha demostrado hasta el momento, es que  las personas con trastornos de personalidad no son necesariamente violentas (Bartol, 1991; Hollin, 1999 en Ortiz-Tallo, Fierro, Blanca, Cardenal y Sánchez, 2006).  Entonces ¿Cómo se relacionan los trastornos de personalidad con los hechos violentos? Para contestar la pregunta, es necesario que  los psicólogo encargados de evaluar a presuntos responsables de hechos violentos ( o delitos) contemplen y rastreen indicadores que permitan descartar o diagnosticar algún trastorno de personalidad, pues dichas características, servirán para comprender mejor las conductas violentas que pudo haber realizado la persona.. En este sentido cobra mayor importancia esta evaluación al centrarnos en un contexto s jurídico o forense, ya que es importante desmitificar el hecho de que, si un presunto responsable tiene un trastorno de personalidad, es casi seguro que haya sido él responsable del hecho delictivo. 

Con el objetivo de analizar el mito antes mencionado, en esta entrada, describiré las características del  Trastorno de Personalidad Narcisista con rasgos paranoides, haciendo hincapié en los componentes del trastorno que pueden relacionarse con conductas violentas, para ejemplificar que existen factores que pueden aumentar la probabilidad de que una persona con dicho trastorno pueda cometer actos violentos, pero lo anterior, no es necesariamente una regla.


Descripción del trastorno

La personalidad narcisista ha sido estudiada desde hace mucho desde diferentes enfoques. Sin embargo, el Trastorno de Personalidad Narcisista (TPN) fue introducido por Kohut en 1968 y desarrollado por Kernberg en 1975, siendo estos dos autores los que estudiaron a fondo la patología narcisista. Según sus investigaciones, los sujetos con trastorno narcisista de la personalidad se caracterizan por una excesiva absorción en sí mismos, ambición intensa, fantasías de grandiosidad, necesidad de ser admirados por sus cualidades y falta de empatía. Son sujetos que presentan sentimientos crónicos de aburrimiento, vacío e incertidumbre acerca de su identidad y en su relación con los demás se caracterizan por la explotación de los otros y sentimientos de envidia, defendiéndose contra tal envidia, mediante la devaluación, la omnipotencia y el control de los demás (Trechera, Millán Vásquez de la Torre y Fernández Morales, 2008).

Sus estudios y el interés de los psicólogos y psiquiatras por este trastorno, hacen que en 1980 la Asociación Americana de Psiquiatría, la incluya en su clasificación de enfermedades mentales. Así, aparece el trastorno narcisista de la personalidad como trastorno específico en el DSM-III (1980), el DSM-III-R (1987) y el DSM-IV (1994), incorporado al eje II en donde se describen los diversos trastornos de la personalidad (Trechera, Millán Vásquez de la Torre y Fernández Morales, 2008).
Con la publicación del DSM-V, se emitieron los nuevos criterios que deben tomar en cuenta los psicólogos y psiquiatras al momento de realizar su diagnóstico. En esta nueva edición del manual, el TPN se encuentra agrupado dentro de los Grupo B de los trastornos de personalidad, junto con la personalidad límite, antisocial e histriónica. El manual contempla que este trastorno se caracteriza por un patrón dominante de grandeza (en la fantasía o en el comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía, que comienza en las primeras etapas de la vida adulta y se presenta en diversos contextos, y que se manifiesta por cinco (o más) de los siguientes criterios (Asociación Americana de Psiquiatría, 2013):

1. Tiene sentimientos de grandeza y prepotencia (p. ej., exagera sus logros y talentos, espera ser reconocido como superior sin contar con los correspondientes éxitos).

2. Está absorto en fantasías de éxito, poder, brillantez, belleza o amor ideal ilimitado.

3. Cree que es “especial” y único, y que sólo  puede relacionarse con otras personas (o instituciones) especiales o de alto estatus.

4. Tiene una necesidad excesiva de admiración.

5. Muestra un sentimiento de privilegio (es decir, expectativas no razonables de tratamiento especialmente favorable o de cumplimiento automático de sus expectativas).

6. Explota las relaciones interpersonales (es decir, se aprovecha de los demás para sus propios fines).

7. Carece de empatía: no está dispuesto a reconocer o a identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás.

8. Con frecuencia envidia a los demás o cree que éstos sienten envidia de él.

9. Muestra comportamientos o actitudes arrogantes, de superioridad.

Según las investigaciones realizadas en torno a este trastorno, Kernber (2010) distingue tres niveles de gravedad:  

Nivel leve: estarían aquellos pacientes cuyos síntomas les permiten ser funcionales, presentando solamente problemas frente a las relaciones duraderas, ya sean profesionales o personales.

Nivel moderado: encuentran los casos cuyos síntomas son los clásicos del síndrome narcisista con las manifestaciones clínicas señaladas en el DSM-V. Pueden llegar a ser funcionales, pero sus síntomas complican su interacción y sus relaciones interpersonales. 

Nivel grave: son los pacientes que presentan síntomas próximos a personas con un funcionamiento límite. Además de las manifestaciones típicas del trastorno narcisista presentan falta de tolerancia a la ansiedad, falta de control de impulsos, déficit en sus capacidades sublimatorias, son personas con fracasos en su profesión y en el trabajo, así como en las relaciones de pareja duraderas. 

Ahora bien, la presencia de rasgos paranoides en una persona con TPN puede considerarse esperado, pues se ha demostrado que es posible la presencia de pensamientos y conductas que cumplan ambos criterios, sin embargo, al momento de diagnosticar, se debe tomar en cuenta aquellas pautas de personalidad que dominen en el individuo y que presenten una mayor prevalencia, intensidad, temporalidad y grado de afectación (Kernber, 2010). 

¿Cuándo se dice que una personalidad tiene ciertos rasgos? Esto pasa cuando existen indicadores que sugieren la presencia de un trastorno, sin embargo, no cumplen los criterios para tenerlo. Es decir, una persona con rasgos paranoides, puede presentar momentos aislados, detonados por eventos significativos, de desconfianza y suspicacia sobre las acciones de las personas que lo rodean, sin que tenga fundamentos; de igual forma presenta dudas injustificadas sobre la lealtad y confianza, de sus amigos y parejas, tendiendo a malinterpretar comentarios o acciones sin malicia que puede interpretar como ataques o envidia hacia su personal (Asociación Americana de Psiquiatría, 2013). 

En cuanto a las expresiones de violencia asociado al TPN  y a los rasgos de personalidad paranoide, se sostiene que las personas con estos tipos de trastornos tienden a presentar ataques de ira intensa, asociada a sospechas o a la intolerancia a la frustración y el enfado intenso por recibir un trato diferente al esperado. Desde el punto de vista dimensional, los rasgos de la personalidad que más tienden a la violencia son la impulsividad, la regulación afectiva deficiente, el narcisismo y el paranoidismo. 

Tomando en cuenta que las personas con personalidad narcisistas tienen una necesidad de admiración, son arrogantes y sensibles hacia cualquier tipo de rechazo o desprecio y que son incapaces de reconocer los sentimientos ajenos, puede provocar que su soberbia, y su desmedido afán de notoriedad, provoquen reacciones violentas en respuesta a una herida en su ego, que habitualmente anteponen a las necesidades y derechos de los demás.  Las víctimas de los actos violentos de estas personas suelen ser conocidas, pues distintas facetas del narcisismo, como el autoritarismo y la explotación de los otros, están fuertemente relacionadas con la agresión. De igual forma, el TPN puede estar presente en los agresores en  distintos tipos de violencia de pareja y en ellos, está asociada a características paranoides (Stone, 2005; Russ, Shedler, Bradley y Westen, 2008; Logan, 2009).

En el caso de personas con rasgos de personalidad paranoide, por lo general suelen atribuir a los demás actitudes o intenciones hostiles, son desconfiados y suspicaces, hipersensibles a desprecios, con tendencia a atribuir intenciones aviesas, no olvidan un insulto y siempre están listos para la ira y el contraataque Se trata habitualmente de varones de 40-50 años, que se muestran conductas violentos contra personas conocidas de las que sospechan o por las que se sienten traicionados o cuyas acciones interpreta como un ataque. Su motivación puede estar fundamentalmente mediada por la venganza, el rencor, los sentimientos de humillación, la vergüenza o los celos. Las conducta violenta cometida habitualmente de forma solitaria y se justifican como acciones ineludible, en cumplimiento de un deber, y, por ello, ausencia de arrepentimiento, sin intentar huir. Por lo general  ocurren tras provocaciones mínimas (desaires reales o imaginarios) (Stone, 2005;  González-Guerrero, 2007; Novaco, 2010).

Discusión 

En este punto, cabe la pregunta ¿Son las personas con trastornos de personalidad más violentas que las que no tiene uno? Con base a lo expuesto anteriormente, puede decirse que la combinación de un TPN y de rasgos paranoides, podría incrementar el riesgo de conductas violentas (Nestor, 2002). Sin embargo, no todas las personas con trastornos de personalidad son violentas, aunque existe un mayor porcentaje de probabilidad que puedan cometer actos violentos en comparación con una persona que no tiene trastornos (Esbec y Echeburúa, 2010).  

En un estudio realizado en 2006, se encontró, que aun más importante que los trastornos de personalidad, las personas que tenían conductas antisociales, descontroladas y, con menor grado de flexibilidad ante situaciones cotidianas tienen más riesgo de cometer actos violentos, pero las circunstancias impredecibles y amenazantes, pueden hacer que incluso otras personas con patrones habituales de comportamiento considerados más flexibles y de mayor normalidad reaccionen de manera agresiva y violenta, además de que la presencia o consumo de drogas y el alcohol son factores predisponentes y desencadenantes para llevar a cabo los delitos (Ortiz-Tallo, Fierro, Blanca, Cardenal y Sánchez, 2006). 

Es por eso que al momento de evaluar a un presunto responsable, los psicólogos forenses y jurídicos deben tener claro que tipo de indicadores les ayudarán a entender mejor al evaluado y al delito que presuntamente cometió, pues es muy importante que las pruebas otorgadas en la pericial psicológica pueda brindar toda la información posible para que el juez y los abogados, comprendan que no por tener un trastorno de personalidad una persona es necesariamente culpable, pues deben contemplarse el contexto en el que se cometió el delito y otros factores que pudieran haberlo motivado.

 


Referencias 


ResearchBlogging.orgAsociación Americana de Psiquiatría (2013). Guía de consulta de los Criterios Diagnósticos del DSM-5. Arlington: Estados Unidos.

Esbec, E. y Echeburúa, E. (2010). Violencia y trastornos de la personalidad: implicaciones clínicas y forenses. Actas Esp Psiquiatr, 38 (5), 249-261

González-Guerrero, L. (2007). Características descriptivas de los delitos cometidos por sujetos con TP: motivaciones subyacentes, “modus operandi” y relaciones víctima-victimario Psicopat Clinic Leg Foren., 7, 19-39

Kernberg, O. (2010). Narcisistic Personality Disorder”. En Clarkin, J, Fonagy P y Gabbard, G. (2010). Psychodynamic Psychotherapy for Personality Disorders. A clinical handbook. 257-287. Arlington. American Psychiatric Publishing, Inc: Estados Unidos.

Logan, C. (2009). Narcissism. En M,McMurran y R. Howard (Eds.). (2009). Personality, personality disorder, and violence: An evidence based approach. 85-112. Wiley-Blackwell Publishing; Reino Unido

 Nestor, P. (2002). Mental disorders and violence. Am J Psychiatry. 159. Novaco, RW. (2010). Anger and psychopathology. En M. Potegal, G. Stemmler y C. Spielberger (Eds.). (2010). International handbook of anger. Constituent and concomitant biological, psychological, and social processes. 465-97. Springer: Estados Unidos.

Ortiz-Tallo, M., Fierro, A., Blanca, M., Cardenal, V. y Sánchez, L. (2006). Factores de personalidad y delitos violentos Psicothema. , 18 (3), 459-464

Russ, E., Shedler, J., Bradley, R. y Westen, D. (2008). Refining the construct of narcissistic personality disorder: Diagnostic criteria and subtypes. Am J Psychiatry. 165, 1473-81.

Stone, MH. (2005). Violence. En JM, Oldham, AE. Skodol y DS Bender (Eds.). (2005). Textbook of Personality Disorders. 477-492. American Psychiatric Publishing: Estados Unidos.

Trechera, J., Millán Vásquez de la Torre, G. y Fernández Morales, E (2008). Estudio empírico del Trastorno Narcisista de la Personalidad, (TNP) Acta Colombiana de Psicología, 11 (2), 25-36