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viernes, 15 de septiembre de 2017

¿Cómo educar a un delincuente?: De la crianza a la delincuencia




Hace unos años tuve la oportunidad de involucrarme en el estudio de la violencia y la delincuencia. Por aquellos tiempos me topé con un proyecto de una profesora que se realizaba en una de las cárceles de mi estado. Participar en el proyecto de investigación sin duda fue una experiencia que marcó mi trayectoria profesional. Conocer delincuentes de todo tipo, y hacer entrevistas a profundidad con ellos era bastante atrayente. Sin embargo, conforme uno entrevistaba agresor por agresor, algunas situaciones eran bastante consistentes: uso de sustancias, un grupo de amigos que son mala influencia, y sobre todo una relación disfuncional con los padres. Recientemente, esto último ha vuelto a llamar mi atención al encontrarme con un artículo titulado La relación entre los estilos de crianza y la delincuencia: un meta-análisis” por Machteld Hoeve y sus colaboradores. Éste artículo aborda como los diferentes estilos de crianza que tienen los padres puede ayudar o bien impedir que los hijos se vuelvan delincuentes.


Para entender lo anterior previamente tenemos que estar familiarizados con los cuatro estilos de crianza que una madre o padre pueden tener: autoritario, democrático, permisivo y negligente. Sin duda el solo nombre de los estilos nos da una buena idea del tipo de padre que son. Los padres autoritarios son aquellos que son inflexibles con sus reglas, que crían hijos que deben ser obedientes y sumisos; en contraparte a éstos son los padres permisivos, padres que dan total libertad a sus hijos y que cuando rompen alguna regla -si es que las hay- no existen consecuencias por ello; los padres democráticos juntan lo mejor de los anteriores, padres que ponen límites pero que también dan libertad y flexibilidad cuando la situación lo amerita. Finalmente, los padres negligentes -sin duda el peor de la tipología- son padres que simplemente no prestan atención a sus hijos, como si la crianza no hubiera sido hecha para ellos.

Estos estilos bien diferenciados fueron propuestos por primera vez por la investigadora y psicóloga Diana Baumrid, que además de ser famosa por su tipología también lo fue por alzar la voz por las implicaciones éticas del controversial estudio de obediencia de Stanley Milgram (el cual valdría la pena comentar en futuras entradas). Baumrid, una mujer interesada por la psicología del desarrollo y por la moral de los propios psicólogos, es un personaje importante en la psicología. En una era en la que la psicología era dominada por hombres como Milgram, Asch o Skinner, esta mujer contribuyó a la ciencia de la psicología de forma equiparable a sus congéneres masculinos. Entre la década de los 60 y 70 Diana Baumrid realizó una serie de estudios que le permitió identificar las tipologías antes mencionadas. En 1971 publicó posiblemente uno de los estudios más citados en psicología[1] , explicando los métodos y técnicas empleados para obtener las tipologías. La metodología utilizada por Baumrid si bien es extensa, resulta también sencilla y elegante. Baumrid utilizó más de 100 familias y niños a los cuales, entrevisto sobre sus prácticas de crianza, y contrastó con observaciones detalladas para verificar que lo reportado por ellos coincida con la realidad. A partir de estas entrevistas y observaciones, y recolectando una serie de variables por medio de un instrumento diseñado para el estudio, pudo asociar distintos tipos de comportamientos con las tipologías antes mencionadas a través de una técnica conocida como “análisis de congloremados”. El análisis de conglomerados permite buscar grupos de sujetos que comparten características similares entre sí, formando pequeños grupos o “conglomerados” de sujetos. Fue a partir de esta metodología que Diana Baumrid pudo obtener sus cuatro estilos de crianza parental. Si bien algunos textos mencionan que fueron Maccoby y Martín quienes propusieron el estilo “negligente” en 1983, lo cierto es que Baumrid ya lo había identificado 11 años antes en su estudio de 1971.

Ciertamente el legado de Diana Baumrid sigue vigente hasta nuestros días. Resulta imposible buscar algún artículo sobre crianza parental que no aborde -aunque sea de forma breve- la tipología propuesta por ella. Entre las líneas de investigación más frecuentes que hacen uso de ésta tipología destaca su relación con la delincuencia juvenil, en donde los resultados son bastantes consistentes a través de diversas metodologías y poblaciones: el democrático es el mejor estilo de crianza, y el peor: el negligente, seguido por el permisivo. Pero ¿A qué se debe esto? ¿Qué hacen algunos padres que sus hijos terminan siendo delincuentes y que hacen los otros que no? Lo cierto es que es un poco difícil responder esta pregunta debido a la variedad de metodologías utilizadas en los estudios, así como por la sobresimplificación que ha tenido en décadas recientes la tipología de Baumrid. Los estilos democrático, autoritario, permisivo y negligente son meros arquetipos. Sería bastante difícil encontrarnos con una familia cuyos padres cumplan al cien por ciento las características de una sola tipología. Mis padres por ejemplo han sido tanto democráticos como autoritarios dependiendo de la situación, la edad o incluso del hijo. Y eso me lleva a retomar uno de los ejes analíticos que retoma el estudio de Hoeve que menciono al inicio del artículo: que las tipologías propuestas por Baumrid se logran gracias a la combinación de otras dos variables: el apoyo y el control.

El apoyo y el control son dos variables que, a través de su interacción, permiten obtener distintos tipos de crianza. Ambos, siendo variables representables en un continuo, es decir, puede haber poco apoyo o mucho apoyo, y poco control o mucho control. El apoyo podríamos definirlo como la capacidad de los padres de responder antes las necesidades de los hijos, prestar atención, ser cálidos y afectuosos. Por su parte el control hace referencia a las exigencias o demandas que los padres tienen hacia los hijos, que en el mejor de los casos éste control podría estar orientado hacia las metas de los hijos, o en el peor hacia las metas de los padres (“aquí se hace lo que yo digo”). Según Hoeve la interacción entre el control y el apoyo da como resultado las diferentes tipologías: mucho control y poco apoyo da como resultado padres autoritarios; poco control y mucho apoyo los permisivos; mucho control y apoyo los democráticos; y poco control y apoyo los negligentes. Es por ello que los padres pocas veces pueden ser encasillados en alguna tipología en particular, ya que constantemente se están moviendo entre el continuo de mucho-poco apoyo y de mucho-poco control. Aunque seguramente preferirán algún aspecto del continuo y la interacción que les ha dado mejores resultados con sus hijos. Sin embargo, hay que mencionar que Diana Baumrid ¡Ya había anticipado lo anterior!, de hecho, su tipología se basa en un análisis de conglomerado de las variables que miden apoyo y control, y que incluso -como ella misma menciona en su artículo de 1971- se basaba en el tratado de otro investigador: Schaefer, cuyo estudio en éstas dos dimensiones de apoyo y control fue publicado en 1965.

A pesar de que la propuesta de Hoeve en su meta-análisis simplemente consiste en retomar ejes analíticos propuestos previamente por Schaefer y Baumrid, su artículo tiene un valor significativo: integra una serie de estudios sobre un mismo tema para buscar consistencias en sus resultados. Lo anterior puede hacer a través de dos métodos bastante utilizados: las revisiones sistemáticas y los meta-análisis. Los primeros siendo más cualitativos, y los segundos aplicando técnicas cuantitativas al análisis de los resultados. Éstas técnicas son especialmente importantes en ciencia, ya que permiten integrar los resultados de diferentes estudios para encontrar consistencias en los resultados. Es por ello que resulta importante el esfuerzo de Hoeve para identificar que prácticas realizan los padres de jóvenes delincuentes que son diferentes a la de los padres de jóvenes no delincuentes a través de un meta-análisis. A través del análisis de 161 investigaciones acerca de estilos de crianza y delincuencia, fue que Hoeve pudo identificar qué patrones relacionados con el apoyo y el control están asociados con padres de jóvenes normales y que contrastan con los de los padres de delincuentes juveniles. Pudo identificar que, en cuanto al apoyo, las conductas y malas prácticas que están relacionadas con la delincuencia son la negligencia (no prestar atención al hijo, evitarlo), la hostilidad hacia los hijos (manifestar su enojo contra ellos, hacerlos sentir como una molestia, una fuente de irritación o ser sarcástico con ellos), y el rechazo. Con respecto a la dimensión de control, una supervisión pobre (no saber qué hace o con quién está), demasiado control psicológico (usar la culpa como una forma de control), y la sobreprotección también estaban asociadas con la delincuencia. Otras conductas como tener una disciplina consistente o una comunicación abierta con el hijo, contrario a lo que se creería, no tuvieron relación alguna, o bien su relación fue débil.

Gracias al estudio de Hoeve, ahora tenemos una idea más clara de porque el estilo de crianza democrático está relacionado con una baja delincuencia. Ciertamente los padres de los delincuentes que entreviste mostraban conductas como negligencia y poco control sobre sus hijos, los cuales se vieron obligados a buscar apoyo y atención de amigos con actitudes que favorecían la delincuencia y criminalidad. Así que si usted quiere -por alguna extraña razón- criar a un delincuente tenga en mente lo siguiente: no le preste atención ni los escuche, no les brinda apoyo cuando lo necesiten, hágalos sentir como un estorbo, ignore donde y con quien están, y use la culpa para controlar -si es que desea controlarlos.


Notas

[1] Tan solo en Google Académico, el artículo reporta haber sido citado por 6,292.

Referencias:

Hoeve, M., Dubas, J. S., Eichelsheim, V. I., Van Der Laan, P. H., Smeenk, W., & Gerris, J. R. (2009). The relationship between parenting and delinquency: A meta-analysis. Journal of abnormal child psychology, 37(6), 749-775.

Baumrind, D. (1971). Current patterns of parental authority. Developmental psychology, 4(1p2), 1-103.

sábado, 10 de octubre de 2015

Tatuajes, de la expresión cultural a una forma de expresión en las cárceles


¿Qué asociamos a los tatuajes? ¿Qué pensamos de las personas que los usan? Y ¿Qué utilidad tiene en la expresión de personas en conflicto con la ley? Lo anterior, son preguntas que pueden responderse solamente si se analiza la función que los tatuajes han tenido en las sociedades a lo largo del tiempo y de cómo la percepción de los mismos, ha sufrido modificaciones al paso de los años, culminando en el imaginario que las sociedades actuales tienen sobre el uso de los tatuajes.

El uso del tatuaje ha sido una práctica aceptada y prácticada desde hace muchos años en muchas culturas del mundo antiguo, dicha práctica en un inicio era asociada con motivaciones artísticas, y en la mayoría de los casos interpretaciones místicas o mágicas (protección, suerte, etc.). Fue utilizado como una forma de decoración/modificación corporal, su realización estaba íntimamente relacionada con la sensualidad, el erotismo, y aspectos emocionales de la psique humana. Hoy la evidencia más antigua que registra el uso del tatuaje, fueron los restos encontrados en 1991 en un glaciar de los Alpes, situado en la frontera entre Austria e Italia. Se trata de los restos momificados naturalmente de un cazador neolítico, conocido con el nombre de “Oetzi”, con una antigüedad de 5300 años, con la espalda y las rodillas tatuadas (Brena Torres, 2007).

En muchas culturas, los tatuajes se asocian con propiedades mágicas, los tótems y el deseo de identificación de la persona con el animal tatuado. Es curioso descubrir que tras miles de años muchas de las imágenes empleadas como tatuaje siguen siendo las mismas que nos encontramos en el tatuaje moderno, pues el simbolismo en las culturas antiguas sigue teniendo muchos puntos en común con la modernidad, ya que hunde sus raíces en las cre
encias más profundas y ancestrales del ser humano (Atatuarte, 2015).



La práctica del tatuaje, como expresión cultural, constituye un espacio donde confluyen dos tipos de memoria, una común que se desarrolla como contexto de las condiciones de producción y una individual, un espacio de la intimidad y otro donde el texto responde a necesidades particulares y específicas (Álvarez Licona y Sevilla Gonzáles, 2002), sin embargo, esta visión cultural comienza a desaparecer en el punto en que la sociedad comienza a señalar y condenar dicha práctica.

Es así, que el tatuaje se convierte en un arma de aquellos que “quieren ser diferentes”., aunque tradicionalmente los tatuajes, en las sociedades prehistóricas y/o protohistóricas, jugaron un rol de integración social y no un elemento trasgresor para ese grupo cultural, por lo que, pasó a ser de una tradición cultural heredada a una expresión adoptada y con un significado mucho más profundo, por lo que no es de sorprender que sean los jóvenes o durante esta etapa, los que deciden usar el tatuaje como una forma de expresión de su individualidad y en algunos casos, de su rechazo a los paradigmas socio-político-culturales (Brena Torres, 2007).

Pero ¿Cuándo ocurrió este cambio? , con la llegada del cristianismo, tatuarse se volvió una práctica prohibida, pues la modificación corporal se consideraba pecado, por alterar la imagen del hombre hecho a semejanza de Dios, fue entonces cuando se volvió un estigma, pues las marcas hechas sobre la piel de un esclavo o un delincuente tenían como objetivo reconocerlo, visibilizar su culpa y la sanción. En las culturas antiguas de Oriente, como la India, China y Japón, el tatuaje estuvo reservado a quienes habían cometido crímenes severos; ser tatuado era el peor de los castigos porque eran aislados de sus familias. Es aquí cuando la delincuencia comenzó a asociarse con el tatuaje (Ribeiro Toral y Mendoza Rojas, 2013).

Tatuajes en las personas en la cárcel


El estigma social generado hacia las personas con tatuajes, se ve reforzado por la presencia de este tipo de expresión corporal en personas que han cometido delitos y que encuentran en el tatuaje una forma de expresión y de reputación. Las prisiones de todo el mundo, son mundos aislados y particulares, con reglas y esquemas totalmente diferentes, por lo que tatuaje se convierte (como en muchas otras culturas y subculturas) en una forma de exponerse y expresarse, aunque, en la mayoría de estos lugares, la práctica este prohibida.

Sin embargo, los prisioneros otorgan un valor especial a cada uno de sus tatuajes, puede decirse que les da gusto hablar de sus tatuajes y que los propios tatuajes hablaban de ellos, pues tatuarse se vuelve una acción significante, un simbolismo de la experiencia penitenciaria (Ribeiro Toral y Mendoza Rojas, 2013), por lo que tiene sentido que los hayan pintado a lo largo de su vida y que los dibujos aparezcan ocupando los diversos espacios del cuerpo, dando una impresión de cierto desorden (Paya Porres, 2006).

El tatuaje en el cuerpo de un hombre o mujer en prisión es un modo de romper con la rutina, al igual que una manifestación frente a las privaciones, obligaciones y prohibiciones vividas en cautiverio. Tatuarse resignifica la experiencia carcelaria y hace posible que el preso manifieste una crítica tanto a la readaptación social como al orden instituido por la complicidad de los saberes científicos con la organización policial (Ribeiro Toral y Mendoza Rojas, 2013).

Como se mencionó anteriormente, el tatuaje no solo cumple una función de expresión dentro de sistema penitenciario, pues otorga, quita o asigna lugares en la estructura social, permitiendo categorizar y regresar la calidad de individuo que les fue quitado al ser sentenciado y encerrado en una penitenciaría. Algunas de las funciones del tatuaje en el ámbito penitenciario son (Álvarez Licona y Sevilla Gonzáles, 2002; Paya Porres, 2006):


  1. Marcarse para poder ser reconocido en un momento dado, buscando una supuesta eficiencia funcional. 
  2. Como forma de práctica, para que los tatuadores principiantes adquieran la destreza necesaria. 
  3. Como rito de iniciación o como parte del acuerdo de un grupo que comparte elementos de identidad, los tatuajes pueden tener esta función eficaz; incluso es posible encontrar tatuajes que son parte de una estrategia a la que recurren para lograr una mayor aceptación por parte del grupo en el que está inmerso o al que pretende ingresar. 
  4. Los dibujos de rostros se refieren a personas conocidas o familiares, algunos son retratos, y otros de figuras estereotipadas provenientes de los barrios o las bandas juveniles, como muestra del sentimiento de abandono. Los presos que portan este tipo de imágenes dicen que les ayudan a recordar el rostro de la persona referida. Una forma alterna, es colocar el nombre, iniciales o determinados signos que aluden a las personas, 
  5. Las imágenes religiosas, como la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo o los denominados "Divino Rostro", aparecen al lado de los nombres con la finalidad de que estas los protejan.
  6. Las imágenes de animales, plantas y objetos con frecuencia tienen un sentido ornamental, en el caso de animales alados (insectos, aves, caballos etcétera.), alude a la fantasía por escapar de la prisión. 
  7. Otros tatuajes son resultado de actos de sometimiento llevados a cabo entre los mismos internos. Generalmente son casos de abuso sexual, en donde el sujeto vejado es obligado y sometido, nuevamente por el violador, para ser tatuado. Las imágenes son ratones o conejos dibujados en las nalgas, simulando entrar o salir del ano. También realizado en las mismas circunstancias es el dibujo de una lágrima colocada abajo del ojo. Estos son de los pocos tatuajes que son realmente estigmatizadores entre los mismos prisioneros, objeto de humillación y burla permanente (Paya Porres, 2006).


Por lo tanto, frente al sistema carcelario omnidisciplinar y totalitario, el preso encuentra en su cuerpo una forma de hablar. El cuerpo tatuado de un prisionero, es un espacio discursivo en el que pueden expresar su identidad, su posición, sus conocimientos y su postura ante su sentencia, sin olvidar la importancia en la socialización y en la inclusión a grupos dentro de las propias prisiones. (Ribeiro Toral y Mendoza Rojas, 2013).

Conclusiones 


El tatuaje ha sido una expresión que ha acompañado a las culturas y al ser humano a lo largo de su historia, como forma de expresión, de pertenencia a un grupo y en algunos casos de segregación, aunque este último punto pueda sonar contradictorio. Cuando miramos imágenes de tribus que aún conservan sus tradiciones o a personas que portan sus tatuajes, sentimos la misma curiosidad y sorpresa, pues es, a nuestra percepción algo fuera de la normal.

La asociación negativa que muchas personas tienen sobre esta práctica, se justifica con la presencia de este ornamento en personas en conflicto con la ley, sin dejar a la posibilidad del uso significativo del mismo, como por ejemplo, la muerte de un ser amado, el nacimiento de un hijo, la conmemoración de un evento significativo, etc. Si bien no podemos negar que muchas personas en conflicto con la ley utilizan el tatuaje como su forma de expresión contra los esquemas sociales, no es una regla que todos los que se realizan un tatuaje, han tenido, tengan o tendrán un comportamiento delictivo.

También es un hecho, que aquellas personas que estando dentro de un sistema penitenciario usan el tatuaje como un medio para conseguir posicionarse dentro de un grupo, ser aceptado o segregar a otros. En este micro mundo, el tatuaje no es nada fuera de lo común, aunque está prohibido, incluso de forma más controlada que en la sociedad fuera de los muros. Sin embargo, es también una forma de recuperar su identidad y no perder el vínculo que tenía con personas o situaciones fuera de las paredes de la penitenciaria. Es así, como podemos encontrar historias en la red sobre los significados de los tatuajes en las cárceles de máxima seguridad, donde el tatuaje se ha convertido en un negocio, una forma de hacer arte y en algunos casos, de remordimiento sobre el crimen que se ha cometido.

La percepción negativa sobre el tatuaje, provoca que se discrimine a aquellos que lo usan, sea o no, una persona que ha cometido un delito, motivados solamente por el imaginario negativo que existe en la sociedad. Esto, al mismo tiempo, provoca una segregación de dichos individuos, que lleva a su estigmatización por usar su piel para el arte y en el caso de los prisioneros, dificulta su readaptación social al no abrirles puertas de trabajo convencional. En esta reflexión, cabe la pregunta ¿Es el tatuaje el objeto o el medio para discriminar? Puede que no existe una respuesta acertada, pero nos invita a ser más conscientes la próxima vez que veamos a una persona con tatuajes, sobre todo, de los pensamientos y sensaciones que ese encuentro nos provoca.

Referencias


ResearchBlogging.orgÁlvarez Licona, N., & Sevilla Gonzáles, M. (2002). Semiótica de una práctica cultural: el tatuaje. Cuicuilco, 9 (25), 3-20

Ribeiro Toral, R., & Mendoza Rojas, N. (2013). El cuerpo preso tatuado: un espacio discursivo Andamios. Revista de Investigación Social. , 10 (23), 283-303

Atatuarte. (2015). La historia del tatuaje 1. Introducción. Recuperado de: http://tatuarte.org/articulos/tatuaje/5/1/la-historia-del-tatuaje-1-introduccion/#.VhPnX3p_Oko

Brena Torres, V. (2007). Utilizando el cuerpo: una mirada antropológica del tatuaje. Letras Urugay Espaciolatino. Recuperado de: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/brena_valentina/procesos_de_construccion.htm


Paya Porres, V. (2006). Cuerpo rayado, cuerpo significante: El tatuaje en prisión. En Vida y muerte en la cárcel: un estudio sobre la situación institucional de las prisiones. México: Playa y Valdes.

sábado, 25 de julio de 2015

Mr. Trump Usted Está Equivocado: Los Efectos De La Inmigración En La Delincuencia



Hace unas semanas estaba trabajando en una base de datos para predecir reincidencia delictiva mediante modelos de regresión de Cox. Entre las variables que me pidieron incluir se encontraba la Nacionalidad. Definamos en el caso del análisis a la nacionalidad como una variable que solo puede tomar dos valores: Nacional o Extranjero. Resulta pues, que en mi precipitado planteamiento de hipótesis asumí que ser extranjero era un factor de riesgo que pudiese incrementar la probabilidad de que un agresor reincida. Me basaba en el supuesto de que la migración aumenta la delincuencia. Pues bien, estaba totalmente equivocado. La inmigración no solo es un factor de protección, sino que disminuye hasta en un 32% la probabilidad de que el agresor reincida (al menos en mi base de datos). Estos resultados que van contra nuestra intuición no hicieron más que darme curiosidad del porqué se obtuvieron dichos resultados. Así que me di a la tarea de revisar la literatura al respecto. Y sorprendentemente, existe una vasta literatura que relaciona la inmigración con la delincuencia; toda ella muy coherente y consistente.

Y es que verán, los resultados que obtuve no fueron extraños, sino realmente es lo que se debió haber esperado en un principio. Así es. Contrario a la creencia popular, la inmigración no aumenta la delincuencia, sino al contrario, se ha visto que altas tasas de inmigración disminuyen la violencia y delincuencia. Así es estimados lectores, Donald Trump no solo dice tonterías, sino que son tonterías que no se basan en hechos verdaderos y científicamente comprobados. De hecho, en un interesante capítulo publicado en el libro “The Oxford Handbook of Ethnicity, Crime, and Migration”, Martínez y Mehlman-Orozco (2013) hacen una invaluable revisión de artículos que han concluido que la llegada de latinos (especialmente mexicanos) a los Estados Unidos durante la década de los 90 no solo ayudo a la economía americana, sino que además está asociada con la caída de índices de criminalidad en ciudades como California, Miami o Chicago. O bien, los estudios que no sostienen esta hipótesis, simplemente han concluido que no existe relación entre la inmigración de latinos y la delincuencia. Es decir, existen pocas o nulas pruebas de que los mexicanos y latinos hayan aumentado la delincuencia en EUA, al contrario, la migración de nuestros paisanos disminuyó las tasas delictivas.

Incluso estos resultados son tan consistentes, que se ha concluido lo mismo a través de diferentes metodologías, desde estudios con encuestas hasta utilizando series temporales, pasando por sofisticados modelos de regresión para controlar otras variables que pudieran influir. Incluso, se ha visto que las tasas de delincuencia en ciudades con altas concentraciones de migrantes, son estadísticamente menores comparadas con ciudades con pocos migrantes. Y el efecto va desde delitos como robo, hasta los homicidios. Este fenómeno además no solo se ha visto en ciudades de los Estados Unidos, sino que también en otros países desarrollados como Canadá o en Europa.



Pero resulta que este fenómeno también cambia a lo largo de las generaciones. En otro capítulo del mismo libro, Berardi y Bucerius (2013) señalan un efecto generacional. Resulta pues, que indudablemente se ha visto que la inmigración no solo reduce las tasas de delincuencia, sino que los inmigrantes también tienen menores antecedentes delictivos que los nativos. Sin embargo, esto solo sucede con lo que llaman los autores “migrantes de primera generación”, es decir, aquellos que son los primeros de la familia en llegar a un nuevo país. Por el contrario, los “inmigrantes de segunda generación” o bien, los hijos de los migrantes de primera generación que nacieron en el país al que sus padres migraron, presentan tasas de delincuencia muy similares a los de las personas nativas del país. Aunque técnicamente, a pesar de ser hijos de migrantes, al haber nacido en el país migrado ahora los hijos no son extranjeros, sino nativos. Pero bueno, es interesante la distinción que señalan estas investigaciones del efecto generacional.

Para concluir, tomen en cuenta los siguiente: 1) la creencia de que la migración aumenta los niveles delictivos simplemente está asociado a nuestros prejuicios y discriminación que lamentablemente tenemos hacia los extranjeros, la ciencia de hecho ha demostrado el efecto contrario: la migración disminuye las tasas delictivas; 2) llama la atención que los hijos de migrantes tengan tasas delictivas similares a las de los nativos, lo que señala como una de las posibles causas de la delincuencia el contexto sociocultural de país y no por un efecto cultural asociado a costumbres extranjeras. Y 3) Si tienen dinero, creo que sería un buen detalle enviarle ese libro al señor Trump. Quizás la ciencia pueda ayudarle a ser una mejor persona. Ahora que si no lo quieren regalar, pueden quedárselo, es un libro altamente recomendable si les gusta el tema de la delincuencia y su asociación con la raza y la migración.

Referencias


ResearchBlogging.orgMartinez, R., & Mehlman-Orozco, K. (2013). Latino/Hispanic Immigration and Crime. Oxford Handbooks Online DOI: 10.1093/oxfordhb/9780199859016.013.016

Berardi, L., & Bucerius, S. (2013). Immigrants and Their Children: Evidence on Generational Differences in Crime. Oxford Handbooks Online. : 10.1093/oxfordhb/9780199859016.013.011